viernes, 20 de julio de 2018

“Marcuse, hacia una filosofía comprometida con la historia”

(Escribí este trabajo en junio de 2018 para el II Diplomado de Pensamiento Emancipatorio de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) de El Salvador)

En el medio tecnológico,
la cultura, la política y la economía,
se unen en un sistema omnipresente
que devora o rechaza todas las alternativas
(Marcuse, H. El hombre unidimensional, 1964)

Estamos ante una amenaza dictatorial global como no se había visto en varias décadas. Una vez más, el imperialismo internacional está tratando por todos los medios posibles de recuperar la hegemonía perdida en los últimos años e intentar sobrevivir ante los evidentes signos de decadencia del sistema económico neoliberal que ha causado tanta desigualdad, pobreza y hambre en todo el planeta. En otras palabras, nos encontramos ante la posibilidad real del establecimiento de un régimen totalitario mundial cuyas armas más efectivas son, una vez más, la amenaza de una guerra a escala internacional y el cruento y despiadado sometimiento económico (y político) de las grandes corporaciones globales (y sus gobiernos) sobre las naciones y pueblos del aún llamado Tercer Mundo.

Esto no es más que la nueva materialización o la última versión, mejorada, menos sútil pero más sofisticada, del dominio histórico que el sistema capitalista global (antes industrial y ahora financiero) ha ejercido sobre la sociedad en su conjunto. La invasión definitiva del espacio privado, el sometimiento de un discurso totalitario en soporte multimediático, la imposición de una dependencia económica en diferentes escalas y la anulación del ser humano, se manifiesta en esta nueva fase de control tecnológico envolvente, el cual no permite al ser humano tomar decisiones con libertad o, lo que es peor aún, vivir dignamente la vida que se merece vivir.

Como reza el epígrafe que antecede este texto, el medio tecnológico es el campo en el que la cultura, la política y la economía, los tres espacios fundamentales para el control mundial, imponen un sistema totalitario que además de anular mediante su asimilación cualquier posibilidad de protesta libre, en última instancia impide contundentemente las alternativas transformadoras de esa realidad que se nos impone.

Han pasado 54 años desde la redacción de esa frase por el filófoso y sociólogo alemán Herbert Marcuse (1898-1979), uno de los más importantes representantes de lo que se conoció como la Escuela de Frankfurt. Dicha cita está contenida en su célebre libro El hombre unidimensional (1964), en el cual este pensador crítico analiza las estrategias y mecanismos totalitarios de la sociedad industrial avanzada para ejercer un control férreo sobre la sociedad y permitir el desarrollo del capitalismo.

Como asomamos más arriba, en este controvertido contexto mundial que vivimos, la vigencia y la pertinencia de los planteamientos de Marcuse son más que evidentes. El desarrollo tecnológico que tanto estudió este acucioso y comprometido analista, como el principal mecanismo de posibilitación de un control totalitario sobre la sociedad, hoy en día, con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y, por otra parte, con la evolución exponencial de las técnicas y métodos de la economía y la política, hacen de El hombre unidimensional un documento profético en el cual podemos encontrar descripciones válidas de lo que ocurre en la actualidad, pero sobre todo, podemos hallar posibles caminos, posibles salidas, posibles mapas de ruta, posibles alternativas, para emprender un viaje revolucionario que haga posible el cambio cualitativo planteado por Marcuse.

En este breve ensayo presentaremos de manera suscinta algunos de los planteamientos de El hombre unidimensional cerrando con el papel del lenguaje como herramienta de contención del cambio social, en lo que Marcuse denominó El cierre del universo del discurso. Por último, reflexionaremos sobre el ineludible compromiso histórico de la filosofía para darle apertura a ese universo discursivo estratégicamente clausurado para anular la posibilidad de una alternativa posible de transformación de la realidad. Algo muy marxista.

I. Papel de la teoría crítica ante el desarrollo tecnológico totalitario

El principal propósito de la denominada Escuela de Frankfurt fue el de “hacer una crítica de la sociedad entendida como un todo” (Fazio, 2004: 384). Esta aseveración plantea dos nociones fundamentales. En primer lugar, la ineludible postura crítica del analista ante la realidad dada. Ese es el principio fundamental de todos los filósofos críticos de Frankfurt (y que estos mantuvieron en sus trabajos desde EEUU) y, por ello, postulan una “teoría crítica de la sociedad”. En segundo lugar, presenta la idea de que la sociedad ha de ser analizada “como un todo”. Esta noción de totalidad encierra también un elemento fundamental para entender la sociedad industrial y es el dominio de un tipo de razón o lógica “totalitaria” que se impone sobre los miembros de esa sociedad.

Se trata de la razón instrumental, aquélla que coloca al hombre como instrumento y no como finalidad del sistema capitalista. Por tal razón, para autores como Horkheimer, quien desarrolla ampliamente esta idea en su libro Crítica de la razón instrumental (1947), la causa de la deshumanización de la sociedad es esa razón moderna, meramente instrumental, que en realidad encierra un tipo de irracionalidad, pues no permite el desarrollo pleno de los individuos en una sociedad que tiene todas las posibilidades para ofrecerle al ser humano “una vida mejor para ser vivida”.

Las ideas de Horkheimer fueron retomadas por Marcuse en su libro El hombre unidimensional (1964):

“Esta sociedad es irracional como totalidad. Su productividad destruye el libre desarrollo de las necesidades y facultades humanas, su paz se mantiene mediante la constante amenaza de guerra, su crecimiento depende de la represión de las verdaderas posibilidades de pacificar la lucha por la existencia en el campo individual, nacional e internacional” (Marcuse, 1964: 11-12)

Marcuse protesta como en una sociedad en la que las capacidades intelectuales y materiales son “inconmensurablemente mayores que nunca”, precisamente la dominación de la sociedad sobre el individuo es también “inconmensurablemente mayor”. Allí radica la irracionalidad de esa lógica industrial contemporánea.

Para el autor es obligación de una teoría crítica de la sociedad contemporánea no sólo investigar y analizar la raíz medular que permite esta irracionalidad, sino también examinar las alternativas históricas para mejorar la condición humana. En otras palabras, a decir del propio Marcuse, para que la vida humana merezca ser vivida de manera digna y que existen las posibilidades para que eso ocurra.

Por tal razón, partiendo de esos dos “juicios de valor”, como el propio Marcuse los califica, es necesario un análisis trascendente, es decir, negarnos a aceptar la realidad como se nos es dada, echar luz sobre las posibilidades que existen para mejorar la condición humana y entender que esas posibilidades han sido irracionalmente “retenidas y negadas” por la propia sociedad como totalidad.

Marcuse es consciente de que la propia sociedad evita el cambio cualitativo propuesto. Que sus mecanismos de control están diseñados para vigilar y condicionar al ser humano y no para liberarlo de las ataduras del sistema tecno-científico que lo oprime. Que las instituciones existentes anulan la posibilidad de elecciones libres para su desarrollo personal y colectivo.

“La sociedad contemporánea parece ser capaz de contener el cambio social, un cambio cuantitativo que establecería instituciones esencialmente diferentes, una nueva dirección del progreso productivo, nuevas formas de existencia humana. Esta contención del cambio social es quizá el logro más importante de la sociedad industrial avanzada” (Marcuse, 1964: 14)

En este contexto es fundamental el papel de la tecnología para instituir formas de control y de cohesión social de tendencia totalitaria, eso sí “más efectivas y agradables” en las propias palabras del autor. Por tal motivo, advierte que la tradicional noción de “neutralidad” de la tecnología ya es insostenible.

Eso lo vivimos hoy en día, en pleno comienzo del siglo XXI, cuando las NTIC y, especialmente, las redes sociales vistas como sistema (Facebook, YouTube, Twitter, Instagram, entre otras), se han prestado no sólo para la comunicación interpersonal (falsa y engañosa promesa), sino también para el control y dominio de los seres humanos, a través del manejo de datos privados por instituciones políticas o de seguridad, el seguimiento de comportamientos individuales y colectivos, la proyección de tendencias en la opinión pública, entre otros usos. El más terrible de todos: influir de manera determinante en la opinión pública y condicionar a los individuos a tomar decisiones previamente ya tomadas por el poder.

Es la tecnología al servicio del control social bajo un manto de supuesta libertad de comunicación. Una libertad que en realidad anula las posibilidades de elección y domina al individuo sin que éste se percate de ello. Por ello, suenan con eco de profecía las palabras de Marcuse, al afirmar que la “razón tecnológica se ha hecho razón política” (Marcuse, 1964: 18).

II. Formas totalitarias de sutil control social y ofertas engañosas de libertad

Ya dijimos que, como lo advirtió hace medio siglo Marcuse, hoy en día el control social se ejerce de manera sutil y “hasta agradable” en una sociedad hipnotizada por la oferta multimediática y ciberespacial. Bajo una oferta engañosa de comunicación libre, la razón tecnológica hecha razón política nos envuelve, nos rodea, nos vigila y nos somete.

Otra oferta engañosa para ejercer control social, según Marcuse, es la promesa de “libertad económica”. Una trampa de libertad que en realidad obliga al ser humano a probarse a sí mismo para insertarse en el sistema. Para Marcuse, sin esa presión de «insertarse» el hombre podría vivir su propia vida.

Igual sucede con la supuesta libertad política. Nos ofrecen posibilidades de elección cuando las ofertas son impuestas; el sistema ya ha decidido y el futuro ya está escrito por los que detentan el poder.

Esta totalidad que nos rodea en todos los ámbitos de la vida intramundana (cultura, comunicación, economía y política) se nos presenta como una dimensión única, como una espacio preestablecido sin posibilidad de ser transformado. Una realidad unidimensional en la que negar dicha realidad es renunciar a una supuesta libertad que te ofrece el sistema. Por ello, en la sociedad industrial avanzada, cuya organización está montada sobre la estructura altamente tecnificada, el término o significado real de lo que conocemos por libertad ya no se puede concebir como libertad individual. El individuo no es libre; el sistema sí lo es.

La esencia de esta engañosa libertad para decidir la expresa Marcuse, al explicar cómo somos totalmente incapaces de definir cuáles necesidades del ser humano son verdaderas (provenientes de la necesidad biológica-principio de realidad) y cuáles son falsas (provenientes de la imposición de la sociedad-principio de placer). Dado el control social ejercido de manera totalitaria sobre los individuos, estos son incapaces de diferenciar dichas necesidades. Así las cosas, cualquier decisión supuestamente libre está condicionada de antemano.

“En última instancia, la pregunta sobre cuáles son las necesidades verdaderas o falsas sólo puede ser resuelta por los mismos individuos, pero sólo en última instancia; esto es, siempre y cuando tengan la libertad de dar su propia respuesta. Mientras se les mantenga en la incapacidad de ser autónomos, mientras sean adoctrinados y manipulados (hasta en sus mismos instintos) su respuesta a este pregunta no puede considerarse propia de ellos”. (Marcuse, 1964: 28)

Otra cuestión clave para la Escuela de Frankfurt y que retoma Marcuse, es el porqué los individuos terminan defendiendo el sistema que los oprime. Hay una escena en la película Matrix (1999) en la que el personaje Morfeo le explica a Neo cómo funciona “el sistema” (la matriz) en el que las máquinas que dominan el mundo mantienen a los seres humanos en un sueño profundo para el provecho de su energía. Morfeo dice: “Tienes que comprender que la mayor parte de estas personas son todavía parte del sistema y que eso las convierte en nuestros enemigos. Tienes que comprender que la mayoría de la gente no está preparada para ser desconectada. Y muchos de ellos son tan inertes, tan desesperadamente dependientes del sistema, que lucharían para protegerlo”.

Así sucede en la sociedad industrial avanzada que 35 años antes de Matrix analizó Marcuse:  quien critica el modelo unidimensional o totalitario es irracional.

“… en la época contemporánea, los controles tecnológicos parecen ser la misma encarnación de la razón en beneficio de todos los grupos e intereses sociales –hasta tal punto que toda contradicción parece irracional y toda oposición imposible” (Marcuse, 1964: 31)

Marcuse advierte que ello no debe alarmarnos, pues los controles sociales han sido introyectados en los humanos hasta tal punto que llegan a afectar la capacidad de protesta individual en sus raíces. Como en Matrix, la negativa a «seguir la corriente» aparece como un signo de neurosis e impotencia, lo cual refuerza la unidimensionalidad al obligar a los individuos, por medio de la coerción y la condena a la disidencia a anular la protesta y a aceptar la realidad social tal cual como se presenta.

“Los fabricantes de la política y sus suministradores de información masiva promueven sistemáticamente el pensamiento unidimensional. Su universo de razonamiento está poblado de hipótesis que se validan a sí mismas y que, repetidas incesante y monopolísticamente, se tornan en definiciones hipnóticas o dictados. Por ejemplo, «libres» son las instituciones (y sobre las que se opera) en los países del mundo libre; otro modos trascendentes de libertad son por definición anarquismo, el comunismo o la propaganda. «Socialistas» son todas las intrusiones en empresas privadas no llevadas a cabo por la misma empresa privada, tales como el seguro de vida universal y comprensivo, la protección de recursos naturales, contra una comercialización devastadora, o el establecimiento de servicios públicos que pueden perjudicar ganancias privadas” (Marcuse, 1964: 36)

La dominación de la sociedad sobre el individuo –explica Marcuse- se disfraza de libertad extendiéndose a todas las esferas de la existencia pública y privada. Así, integra toda oposición auténtica con un matiz fashionista, aceptable, agradable, el cual absorbe cualquer alternativa de rechazo, anulándola. Sólo un rechazo a escala mayor (Gran rechazo) podría revertir la situación. Es decir, una revolución que cambiaría no sólo las instituciones sino también la cotidianidad de los miembros de la sociedad.

III. Universo político cerrado

Para Marcuse existen además estrategias transversales en el establecimiento de las formas de dominación y de contención del cambio social. Una es la permanente ambivalencia entre el Estado de Bienestar y el Estado de Guerra. En términos freudianos, la lucha permanente del ser humano entre Eros y Tánatos. Es decir, entre la búsqueda del placer o el miedo a la muerte.

Se domina al sujeto social por medio de una supuesta o virtual satisfacción de sus necesidades básicas buscando su bienestar (invocando al denominado Principio de Placer o de satisfacción inmediata) o se le somete apelando a una permanente amenaza de guerra (Principio de Realidad o de satisfacción pospuesta).

Esto refuerza la integración, aceptación y defensa del individuo al sistema que lo somete. Para el teórico alemán, ello constituye uno de los más sutiles mecanismos de contención del cambio social cuyo principal logro es la asimilación de la clase trabajadora al sistema capitalista. Según Marcuse, hace de los sujetos una “servidumbre agradable”.

Esta situación crea un universo político cerrado. En otras palabras, una realidad social clausurada que no permite opciones distintas a las ofrecidas por el propio sistema. El sistema además de darnos la libertad de elegir, también satisface nuestras necesidades inmediatas y nos protege de una amenaza permanente de destrucción. Mejor descripción del sistema capitalista contemporáneo es imposible.

IV. Universo discursivo clausurado

Otra estrategia transversal, pero sobre todo envolvente y totalitaria, es el uso operativo o estratégico del lenguaje. Marcuse le da una importancia vital al lenguaje como herramienta de contención del cambio social.

Para el filósofo alemán, el lenguaje es fundamental y los massmedia son el principal soporte de los mensajes lingüísticos que constituyen “la mediación entre los amos y sus servidores”.

Ya en una cita más arriba advertimos como el universo de razonamiento que nos impone la sociedad industrial avanzada y, hoy en día, el capitalismo global neoliberal, está poblado de hipótesis que se validan a sí mismas y se tornan en definiciones hipnóticas o dictados.

Los actores mediáticos (productores de mensajes, medios, agencias de publicidad, etc.) configuran universo comunicacional en el que la conducta «unidimensional» se expresa a sí misma. La unidimensionalidad se erige sobre la acción envolvente, totalitaria y global de lo mediático con lenguaje que identifica y unifica: pensamiento único, una realidad manifiesta en positiva, la cual es imposible trascender.

Marcuse señala el establecimiento de un pensamiento unívoco en el que “la tensión entre apariencia y realidad, entre hecho y factor que lo provoca, ente sustancia y atributo, desaparecen”. No existe, por tal razón, una frontera o quiebre entre lo que se nos manifiesta y las causas que lo provocaron, coartando la posibilidad del individuo de discernir o criticar negativamente lo que se nos presenta como positivo. Cualquier explicación de lo acontecido desaparece e intentar mostrarlo es una afrenta, un atentado.

Es ahí donde el lenguaje cumple una función totalitaria de designar las cosas sin prueba, de señalar sin demostración, de indicar sin explicación.

“Los conceptos de autonomía, descubrimiento, demostración y crítica dan paso a los de designación, aserción e imitación. Elementos mágicos autoritarios y rituales cubren el idioma. El lenguaje es despojado de las mediaciones que forman las etapas del proceso de conocimiento y de evaluación cognoscitiva. Los conceptos que encierran los hechos y por tano los trascienden están perdiendo su auténtica representación lingüística. Sin estas mediaciones, el lenguaje tiende a expresar y auspiciar la inmediata identificación ente razón y hecho, verdad y verdad establecida, esencia y existencia, la cosa y su función” (p.105)

El denominado por Marcuse “operacionalismo del lenguaje” contribuye también a rechazar cualquier intento de elementos no conformistas en la interacción verbal, algo muy propio del lenguaje formal y en el que la única oposición posible es el habla cotidiana, la jerga, el lenguaje popular. Por tal razón, los discursos políticos, institucionales, del poder en general, tienden a tecnificarse a un nivel que no permite el rechazo o la disidencia discursiva, sino más bien la asimilación. Eso explica porque los productos mediáticos absorben el lenguaje vulgar y lo neutralizan integrándolo a sus discursos (telenovelas, música, etc).

Otro aspecto distintivo del totalitarismo lingüístico es la invisibilización u omisión de la función o propiedades esenciales de la cosa, las cuales son sustituidas por sus nombres. Es decir, los nombres explican las cosas anulando así sus propiedades. El ejemplo más común en la sociedad contemporánea es la manido y distorsionado uso de la palabra “democracia”, la cual originalmente siempre significó el sistema político basado en soberanía del pueblo. Hoy en día, el nombre sustituye su significado y “democracia” se entiende como un modelo político cerrado e impuesto por el poder liberal burgués, en el que cualquier oposición es considerada un atentado comunista o anarquía.

“En este mundo, las palabras y los conceptos tienden a coincidir o mejor dicho, el concepto tiende a ser absorbido por la palabra. Aquél no tiene otro contenido que el designado por la palabra de acuerdo con el uso común y generalizado. Así, la palabra se hace cliché y como cliché gobierna al lenguaje hablado o escrito: la comunicación impide el desarrollo genuino del significado” (Marcuse, 1964: 107)

Lo más peligroso y que contribuye enormemente al cierre o clausura del universo discursivo para evitar el cambio social es que dichos clichés, son tomados como banderas institucionales, como valores universales, como tótems, que no pueden ser refutados, revisados o analizados. Así, dichos clichés funcionan como “fórmulas mágico-rituales” que sellan el mundo de los individuos. Palabras como libertad, igualdad, paz, son usadas para el cierre de ese universo unidimensional en el que no es posible criticar que ocultan acciones de servidumbre, desigualdad, opresión o amenaza.

Marcuse se pregunta: ¿Cómo puede la protesta y negación encontrar la palabra correcta cuando los organismos del orden establecido admiten y anuncian que la paz es en realidad el borde de la guerra? Y la pregunta es válida pues en el fondo la operativización exitosa del lenguaje justifica la guerra para defender la democracia, la aniquilación para establecer la paz o la intervención injerencista imperial para lograr “la libertad” de un “pueblo oprimido”. Ejemplos en la actualidad sobran, sobre todo en la última arremetida imperialista que emprende los Estados Unidos de Norteamérica contra América Latina y los gobiernos progresistas de los últimos 20 años.

El carácter autoritario del lenguaje se nos presenta con familiaridad y sutilmente cierra el universo del discurso contra cualquier otro discurso que no se desarrolle en sus propios términos.

Marcuse nos dice también que el lenguaje funcional, estratégico, operativo, es un lenguaje radicalmente antihistórico, pues “la racionalidad operacional tiene poco espacio y poco empleo para la razón histórica”. (p. 118)

El sistema mediático altamente tecnificado por el desarrollo de las ciencias se convierte en la capa exterior del universo unidimensional, es decir, cerrado, en el que el lenguaje operacional “enseña al hombre a olvidar”, pues niega la concreción de la experiencia humana.  

Marcuse comienza asomar su propuesta superadora del esquema dialéctico hegeliano hacia una dialéctica histórica que transforme la verdad lógica del lenguaje formal-institucional en una verdad histórica, en el que el contenido histórico o la historia misma ligue la estructura del pensamiento con la estructura de la realidad concreta.

“La transformación de la dialéctica ontológica en histórica conserva la doble dimensión del pensamiento filosófico como pensamiento crítico negativo. Pero ahora esencia y apariencia, «es» y «debe», se confrontan entre sí en el conflicto de las fuerzas reales y capacidades de la sociedad” (p.159)

Pero el trabajo no es fácil, advierte oportunamente Marcuse, pues la dialéctica ontológica ha tenido un carácter mistificador de los términos trascendentes, las nociones vagas, los universales metafísicos y sus semejantes. Por tal motivo es necesario ese análisis crítico negativo, pues “el universo establecido del razonamiento está atravesado por la marca de las formas específicas de dominación, organización y manipulación a las que están sujetos los miembros de la sociedad” (p.210)

Una de las claves para emprender ese análisis crítico negativo propuesto en El hombre unidimensional es explicar siempre las cosas en su contexto. En palabras de Marcuse, es desarrollar un universo multidimensional en el se ha de estar consciente que todo significado expresado es parte de varios sistemas interrelacionados.

Por ejemplo, cuando alguien nos habla de “democracia”, “paz” o “libertad”, entender o demostrar que lo hace a) desde un proyecto individual (soporte, tipo de discurso, momento específico e interés o propósito particular); b) desde un sistema de ideas, valores y objetivos supraindividuales (ideología, visión política del mundo, religión, etc); y c) desde una sociedad particular.

V. Compromiso histórico de la filosofía (Conclusiones)

Aunque Marcuse se concentra en señalar únicamente el compromiso histórico de la filosofía analítica para desmitificar los términos trascendentes, las nociones vagas y los universales metafísicos usados en el lenguaje de la sociedad industrial avanzada, intentando así exorcizar aquellos gigantescos demonios mítico-religiosos en los que se han convertido las palabras cuando sustituyen las funciones o conceptos de las cosas que designan, dicha responsabilidad podemos extenderla a todas las ramas de la filosofía.

Si la filosofía debe mostrar los fundamentos “que hacen del razonamiento un universo mutilado y engañoso”, como escribe el teórico alemán, entonces es menester del pensamiento filosófico explicar minuciosamente ese universo fragmentado, pero a la vez desmontar el blindaje que recubre dicho universo y dinamitar ese sofisticado sistema de defensa que imposibilita la capacidad de crítica y análisis.

La filosofía debe mantener una postura crítica, negativa, que no sólo busque el “otro lado” de las cosas, sino también confronte esa realidad que se nos presenta como un universo positivo e inamovible.

El actual compromiso de la filosofía es ineludible pues se presenta en una etapa de “alta densidad histórica”, como diría Ellacuría, en el que una amenaza dictatorial global se cierne sobre la humanidad utilizando sus sempiternos mecanismos de control social y la oscilación eterna de la promesa de un bienestar engañoso y el ultimátum de un conflicto bélico a escala planetaria que pone en peligro la raza humana.

Sólo la filosofía puede responder la pregunta inicial de El hombre unidimensional hecha hace más de medio siglo: “¿La amenaza de una catástrofe atómica que puede borrar la raza humana no sirve también para proteger las mismas fuerzas que perpetúan ese peligro?”.

Desenmascarar dichas fuerzas, entender sus mecanismos de control y develar que esa permanente amenaza sólo busca la perpetuidad de los que detentan el poder, sólo es posible cuando se logra describir las cosas tal cual son y no sólo cómo se nos presentan.

La noche es cerrada y nos clausura la realidad como un todo envolvente, oscuro e inerte. Así es la sociedad del capitalismo global neoliberal.

Como decía Hegel, comprender las cosas tal como son es la tarea prinicipal de la filosofía pues allí subyace la razón. Y la razón instrumental que nos ha impuesto el capitalismo global, desde su desarrollo industrial hasta su sofisticación neoliberal-financiera, es inhumana y nos ha confinado a una noche oscura, en el que sólo el Buho de Minerva, una vez emprendido su vuelo, puede ver los que realmente sucede tras esa penunbra.

Marcuse lanzó luces sobre esas tinieblas con el texto que hemos analizado muy someramente. Continuar su tarea apoyándonos en sus planteamientos es nuestro compromiso con la historia por la liberación del ser humano.   

Bibliografía

FAZIO, M. y Francisco Fernández L. (2004). Historia de la filosofía. IV. Filosofía contemporánea. Madrid: Ediciones Palabra, S.A.

HOTTOIS, G. (1997). Historia de la filosofía. Del renacimiento a la posmodernidad. Madrid: Ediciones Cátedra, 1999

GONZÁLEZ, M. (1987). Introducción al pensamiento filosófico. Filosofía y Modernidad. Madrid: Editorial Tecnos. 5ª edición, 2005

MARCUSE, H. (1964). El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. México: Editorial Joaquín Mortiz, S.A. 7ª edición, 1973

MARCUSE, H. (1969). Un ensayo sobre la liberación. México: Editorial Joaquín Mortiz



miércoles, 27 de enero de 2016

El misticismo y el estoicismo en José Martí



(En julio de 2013, como estudiante del Doctorado de Filosofía Iberoamericana de la UCA-El Salvador participé en un curso llamado “Filosofía de José Martí”, dictado por la excelente compañera, académica y reconocida investigadora Magda Arias, entonces cónsul de Cuba en el país centroamericano. Como trabajo final escribí este ensayo con mucha emocióny hoy lo divulgo con motivo del 163º Aniversario de su Natalicio. San Salvador, enero de 2016)

A mis horas soy místico, y a mis horas estoico
(José Martí)
Como todo intelectual de altísima talla, José Martí es un cúmulo de diversas corrientes, influjos y fuentes. No es extraño que todas estas características mencionadas rápidamente suenen en nuestra mente a líquido, agua, torrente, ríos y mares. Y es porque en el pensamiento del prócer cubano sus influencias intelectuales son múltiples y confluyen como varios manantiales que convergen en un mismo caudal. Sin duda, un raudoso e imponente caudal que, en el caso de este insigne nuestroamericano, cobró tal fuerza en sus escasos 42 años de vida, que con sus innumerables libros, poemas, cartas, manifiestos, proclamas, epístolas, crónicas, artículos periodísticos, anotaciones, entre otros textos, convirtió su legado en un río torrencial, casi indomable, que sigue bañando las orillas de devenir intelectual del mundo hispanoamericano y, porqué no, del planeta entero.
Hay cierto consenso en que es muy difícil, por no decir imposible, determinar una única influencia filosófica en el desarrollo temprano y maduro del pensamiento de José Martí. Eclepticismo, variedad, multiplicidad, integralidad, incluso una filosofía de relación, esto último como puede palparse en sus “Apuntes y fragmentos sobre Filosofía”, son rasgos que describen la influencia múltiple que surte la propuesta del “Martí temprano”. Sin embargo, desde un somero análisis, es posible determinar una tensión entre dos influencias que marcarán no sólo al joven Martí de Yugo y Estrella y El presidio político en Cuba, así como los apuntes para sus clases de filosofía en Guatemala ya mencionados, sino también al “Martí maduro”, consciente de cuál era su proyecto vital de emancipación americana y de la construcción de una ética para nuestra región.
Este brevísimo ensayo es una aproximación a esos dos polos en tensión o, quién sabe, en permanente diálogo, que marcan las coordenadas que se registran con más continuidad en el pensamiento de José Martí: el misticismo y el estoicismo.
El epígrafe que abre este texto es maravillosamente revelador para los fines de esta reflexión. En él podemos apreciar la tensión del joven intelectual que se debate entre dos fuerzas, para algunos antagónicas, para otras integradoras. No es casualidad que Martí se refiera al misticismo y al estoicismo como los dos polos de sus cavilaciones, pues en ellos encuentra una aplicación totalizadora de la razón humana.
Aun cuando es frecuentemente citada esta frase, es revelador conocer el resto de ese aforismo contenido en la página 52 del tomo 22 de sus Obras Completas:
“La razón misma me dice que no hay límite para ella; por lo que allí donde ya no tiene fundamento visible el hecho, sigo, en virtud de la armonía que su existencia y aplicaciones me demuestran, razonado lo que no veo en conformidad con lo que he visto, lo cual no es deserción de la razón, sino consecuencia de ella, y mayor respeto a ella, que el de los que la reducen a esclava del hecho conocido, y convierten a la que debe abrir el camino en mero lleva-cuentas”.
Para Morales (1994), Martí consiguió “la dificultosa síntesis de dos actitudes aparentemente opuestas de la conducta humana”. Aunque el autor se refiere a su creación poética, sirve para ilustrar el agudo análisis que realiza Martí para alcanzar una propuesta filosófica, que sin dejar de ser teorética ya expone una praxis.
Martí consigue en el misticismo y en el estoicismo argumentos para darle sentido al uso de la razón humana, despojándola del yugo del hecho, es decir, del límite impuesto por la razón científica que predominaba en la época. Arguye que la razón no tiene límites y que ésta traspasa las fronteras impuestas por la razón empirista anclada en la existencia de un hecho o dato visible, palpable, corroborable.
Para el joven Martí, es posible razonar sobre los problemas filosóficos y los problemas en general sin apelar a la existencia de hechos verificables y ello es posible por los influjos en su reflexión teórica sobre corrientes místicas y estoicas, las cuales coinciden en algo fundamental y que Martí mantendrá en sus escritos primeros y también maduros: la naturaleza como cosmos, la unidad de todas las cosas que en ella habitan, el fomento de la virtud humana en armonía a ésta y la existencia de una razón natural.
Misticismo martiano
Partamos de una noción de misticismo alejada de la conceptualización canónica de los manuales de filosofía, los cuales la limitan a “Toda doctrina que admite una comunicación directa entre el hombre y Dios” (Abbagnano, 1960). Suplantemos el término “Dios” por “Sagrado” y “comunicación directa” por “experiencia”. Así nos acercamos mejor a las reflexiones iniciales de José Martí sobre la posibilidad de apelar a la razón para entender un fenómeno, aun cuando no exista un hecho verificable, palpable o asible empíricamente para fundamentar un razonamiento.
Es posible darle una explicación razonada a los fenómenos si confiamos en que reflexionar sobre ellos es una “experiencia” ante lo “sagrado”, una conexión posible y necesario entre lo “humano” y lo “desconocido”, lo cual constituye la experiencia mística, es decir, la unión entre lo que no se ve, pero creemos fielmente en ello, y que da explicación a lo visto. Solo así es posible entender las palabras de Martí: “… razonado lo que no veo en conformidad con lo que he visto, lo cual no es deserción de la razón, sino consecuencia de ella”.
Estas reflexiones “místicas” son producto de las influencias que el joven Martí tiene de sus lecturas primarias sobre filosofías orientales como el hinduismo, de lo cual hay rastros concretos en sus anotaciones.
Más de 100 años antes de las discusiones sobre la existencia de una auténtica Filosofía Latinoamericana, basada en características propias que rebatan el eurocentrismo moderno (Dussel, Zea, entre otros), Martí ya en sus “Apuntes y fragmentos sobre Filosofía” (Tomo V de sus Obras Completas. Edición Crítica) enfila su pluma crítica contra el dominio de la filosofía occidental en detrimento de las corrientes del pensamiento oriental, dándole explicación a su temprana corriente mística.
“-El Oriente invade al Occidente
-Gnosticismo-Herejías
-Antes comenzaba con Tales
¿Cuál es el principio elemental o material del mundo físico?-
India-China-Persia-Egipto-
Asia Occidental (Caldea, Fenicia, Siria, Asia Menos, Palestina.”
(José Martí. Obras completas. Tomo V. p. 202-203)
Aquí, en las primeras páginas de sus anotaciones para impartir clases de Filosofía durante su estancia en Guatemala, Martí asume una postura crítica sobre la enseñanza tradicional de la Filosofía (“Antes se comenzaba con Tales”), la cual partía de los presocráticos como si antes de ellos no había pensamiento, cuando en realidad existía un cúmulo enorme de filosofía que fue de la que bebieron, por ejemplo, Tales de Mileto, durante sus viajes por Egipto y Fenicia. De ello, es consciente el joven Marti, quien en 1877, con tan solo 24 años de edad, ya construye un edificio crítico propio ante la filosofía moderna y su enseñanza.
Pero el novel profesor de Filosofía sigue indagando en sus cavilaciones y llega al misticismo oriental como “fuentes” del pensamiento occidental.
“Ramayana-Su naturaleza
La India comprende el Himalaya, el Indo, el Océano y el Ganges.
La filosofía de la India debe dividirse en tres períodos:
Teológico-filosófico
Sistemas filósoficos
Budismo y Sectas-
Fuentes-
Los Vedas”.
(José Martí. Obras completas. Tomo V. p. 202-203)
Resulta interesante las referencias directas a textos fundamentales del misticismo hindú como el Ramayana y la categorización de la “Filosofía de la India” que hace el joven Martí.
¿Pero qué toma el joven Martí de estas primeras reflexiones místicas y qué permanece en sus planteamientos más maduros? Sin duda, la idea de unidad. Martí cree fervientemente que el cosmos, la naturaleza y el ser humano son partes de lo mismo; están unidos. Y esto se constituye también en una crítica a la filosofía moderna quien en el planteamiento cartesiano dividió el “yo pienso” (res cogitans) de la “naturaleza” (res extensa). El prócer cubano toma de la filosofía oriental estas ideas para fundamentar, junto a su influencia estoica, su planteamiento ético de cara a su proyecto vital de emancipación.
Martí y el estoicismo
No sólo es posible rastrear características o influencias estoicas en los textos propios de José Martí. También es ingente la cantidad de referencias directas al estoicismo y a filósofos estoicos en sus textos, traducciones, anotaciones y demás escritos.
Sin embargo, lo que nos interesa en este breve ensayo es la influencia estoica que, aún cuando se ve fundamentada o verificada en esas referencias y lecturas tempranas de Martí, es posible aprehenderlas en sus textos y planteamientos, tanto tempranos como maduros.
 El estoicismo o Filosofía Estoica tiene ciertas coordenadas permanentes en sus tres etapas: el Estoicismo antiguo (Zenón de Citio, Cleantes de Assos y Crisipo de Soles), el Estocismo medio (Panecio de Rodas, Posidonio de Apamea y Cicerón de Arpino) y el Estoicismo nuevo o romano (Epicteto, Séneca y Marco Aurelio). Grosso modo, dichas coordenadas son Cosmos, Logos, Naturaleza, Razón, Felicidad, Destino y Virtud como característica fundamental del ideal de Sabio.
Tanto la física como la lógica, la gramática, la psicología, la ética y la política estoica están transversadas por la idea del “Logos” como principio cósmico que conforma la materia del mundo, su naturaleza; y este “Logos” es una razón que todo lo explica, tanto lo natural como lo humano, porque para los estoicos, como para los místicos, ser humano y naturaleza son partes del mismo cosmos, de la misma razón.
Por eso, el destino del hombre, su acción en el mundo y su convivencia social están determinados por la armonía que éste logre con la razón cósmica, con el “Logos”, es decir, con la naturaleza.
Ese determinismo es el que ha provocado la histórica concepción errónea y más difundida del estoicismo filosófico. El confundir el determinismo con conformidad y el propio estoicismo con la aceptación del destino, aún cuando éste sea fatal (fatalismo).
Más que determinismo o fatalismo, el estoicismo se centra en la relación armoniosa de ser humano con la naturaleza, con el cosmos, con el Logos que es la razón de toda la armonía universal, una ley común. Y será un ser humano virtuoso, áquel que tenga como norte el desarrollar la virtud de armonizar su vivir con la naturaleza.
Dice Diógenes Laercio en su Vida de Filósofos, VII, 88, refiriéndose a Zenón de Citio, “nuestras naturalezas son partes de la naturaleza del Todo. Por esta razón el fundamento consiste en vivir conforme a la naturaleza, lo que es vivir según la naturaleza de uno mismo y la de todas las cosas, no haciendo nada de lo que acostumbra prohibir la ley común (Logos), que es la recta razón, que recorre todas las cosas y es la misma para Zeus”
La ética estoica se fundamentó en esas ideas ya desarrolladas en su física, en su lógica y en su biología. Para Sevilla Rodríguez (1991), el estoicismo fue una gran influencia para el pensamiento occidental a partir de la norma básica de Zenón de Citio: “El buen vivir conforme a la naturaleza”.  
La propuesta filosófica y ética de José Martí consta de tres ejes fundamentales: 1) La utilidad de la virtud; 2) El equilibrio del mundo; y 3) El arte de hacer política. En las tres resuenan ecos estoicos al sugerir el desarrollo de una virtud conforme a la naturaleza, que busque el equilibrio del mundo y que devenga en una forma de hacer política que favorezca a la especie humana en su totalidad.
La compasión, una constante en el discurso martiano, también alude a su influencia estoica, puesto que Martí se siente parte de la especie humana y esa relación filética construye esa solidaridad con el otro que tanto caracterizó su vida y su obra, tanto literaria como política.
También el sacrificio y la aceptación de su destino, como características estoicas en la biografía y el ideario de José Martí, han sido referidas en ensayos y artículos. Por ejemplo, Escobar (2003) expone estas características tanto en la Filosofía como en el proceder biográfico del prócer cubano.
“Una constante en el ideario de Martí es su recurrencia al sacrificio como una actitud (o virtud) que debe imperar para posibilitar sus fines humanos o patrióticos. No se trata de un sacrificio estéril o de un masoquismo, sino de un sacrificio útil, trascendente, que como praxis cotidiana nos permita templar el ánimo, a ser generosos, comprensivos y autónomos, En este aspecto la ética martiana nos remite a un cristianismo primitivo y, en la antigüedad, a las doctrinas de los estoicos y epicúreos” (Escobar, 2003: 86)
Pero también en la reflexión sobre la naturaleza y el forjamiento de la virtud se nota la influencia del pensamiento estoico en la obra martiana.
Los escritos de Martí en los que se refiere a la naturaleza se han interpretado como un aventajado análisis ambientalista o ecológico, pero desde la perspectiva filosófica tiene explicación en esa fuente estoica de la cual se nutrió el prócer cubano y determinó su concepción ética.
“La naturaleza inspira, cura, consuela, fortalece y prepara para la virtud al hombre”; “Divorciar al hombre de la naturaleza es un acto monstruoso”, “La naturaleza va creando a los hombres”; “Del mismo germen son la miel, la luz y el beso”; son algunos aforismos de José Martí en los que más se siente su estoicismo.
Escobar (2003) también refiere como el forjamiento de la Virtud y el Ideal del Sabio de la filosofía estoica fueron de gran influencia para el planteamiento ético de José Martí. El autor cita al investigador cubano Miguel Jorrín y su ensayo “Ideas Filosóficas de Martí”, en el que reconoce como el estoicismo incidió en el pensamiento del prócer cubano, más en su dimensión ética que en su concepción del mundo, pues a su juicio en la obra martiana “hay siempre una profunda atención a la conducta del hombre”.
 El hombre cultivará la virtud en la medida que logre ese “buen vivir en armonía con la naturaleza”, a decir de Zenón, y que es otra constante fundamental del discurso ético martiano, como hemos visto a lo largo de su obra.
Conclusiones
Nunca estará agotada la posibilidad de seguir analizando el pensamiento del prócer cubano José Martí. A pesar de la opinión general y especializada de su integralidad y su eclectisimo filosófico, así como de la “imposibilidad” de rastrear sus influencias primarias, es tarea imperativa continuar el estudio de los fundamentos de su propuesta ética y de su obra filosófica en general, dado que ello redundará en un mejor entendimiento de éstas.
Determinar brevemente la influencia mística y estoica en la filosofía de Martí, lejos de encasillarlo o limitar su pensamiento, abre la posibilidad de nuevas lecturas y de construir una hermenéutica necesaria para redimensionar la esencia del discurso martiano y colocarlo en el lugar que le corresponde en el edificio que se está construyendo de la Filosofía Iberoamericana, de la cual Martí es, sin duda, uno de los precursores de un pensamiento original y único en Nuestra América.

Bibliografía

Abbagnano, N. (1960). Diccionario de Filosofía. Fondo de Cultura Económica (FCE): México, 2010

Escobar, G. (2003). Algunos rasgos estoicos en la ética martiana. En “México-Cuba 1902-2002. Cátedra Extraordinaria José Martí”. Universidad Nacional Autónoma de México: México, 2003

Martí, J. Obras completas. Versión digital www.josemarti.cu

Morales, C. (1994). La poética de José Martí y su contexto. Editorial Verbum: Madrid

Reale, G. y Antíseri, D. (2010). Historia de la filosofía. 1. De la antigüedad a la edad media. Bogotá: Ediciones San Pablo

Sevilla Rodríguez, M. (1991). Antología de los primeros estoicos griegos. Ediciones Akal: Madrid

miércoles, 17 de julio de 2013

Investigación Cualitativa y Análisis del Discurso (Convergencias y encuentros)


Gracias a los estudiantes de Periodismo de la Universidad Nacional de El Salvador (UES), quienes me pidieron un taller breve sobre Metodología de la Investigación, encontré este viejo trabajo (julio de 2004), el cual me gustó mucho escribir. El trabajo fue realizado precisamente como entrega final de la materia Metodología Cualitativa que cursé en el Área de Postgrados de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Aquí lo reproduzco para una reflexión sobre las relaciones entre la metodología cualitativa y el análisis del discurso. Fue una primera aproximación...

Introducción
Para un estudiante, profesor o investigador universitario, de la rama del conocimiento que sea, siempre resulta interesante encontrarse con esquemas, paradigmas o concepciones que iluminan y redefinen intempestivamente su forma de ver y pensar, su manera de proceder, en fin, su visión global sobre la academia y su quehacer cotidiano. Cuando creemos que todo lo sabemos (en general) y que las deficiencias de conocimiento pueden interpretarse simplemente como fallas de información que serán solventadas con lecturas o experiencias nuevas, entonces llega el momento crucial en que el destino nos revela ciertas verdades, ciertas razones, que nos hacen desaprender para aprender de nuevo.
Sin duda alguna, esto es lo que le ha ocurrido a un grupo de estudiantes de distintas áreas, quienes acudieron (algunos como curso de ampliación, otros como materia electiva de su postgrado de origen y uno o dos escapando del tedio y saciando su curiosidad) a la materia Investigación Cualitativa I, dictada por la profesora Esther Wiesenfeld.
Entre los objetivos de esta asignatura, natural en los cursos de postgrado del área de Psicología Social, se encuentran: revisar el desarrollo histórico de la Investigación Cualitativa; discutir algunas de sus perspectivas teóricas; examinar las características propias de esta investigación; y, por último, describir los componentes del diseño de una investigación de tipo cualitativa.
Médicos, periodistas, antropólogos, sociólogos, licenciados en arte y en letras, una vez más (tal como lo expresa el programa de la asignatura) convergieron en el aula de clase para descubrir, no sólo este tipo de investigación, sino también a redescubrirse a sí mismos como universitarios, docentes e investigadores.
Especial fue la sorpresa de los estudiantes de la Maestría en Estudios del Discurso, quienes siempre han escuchado el carácter “cualitativo” de la disciplina que estudian y la evidente (para algunos) característica que tipifica esta perspectiva del análisis del lenguaje y que la diferencia del estudio lingüístico tradicional: precisamente lo cualitativo. Sin embargo, se hizo necesario ahondar en estas convergencias, dada la visión fragmentaria y parcial que todavía distingue la manera como se miran unas a otras las disciplinas en la academia. Para los investigadores cualitativos, el análisis del discurso es una herramienta, un método, una técnica para abordar desde un enfoque en particular la realidad investigada; mientras que para los analistas del discurso, la investigación cualitativa es el marco general de una investigación donde el objeto de estudio no es un grupo social en sí, sino el lenguaje utilizado, usado, empleado por sus miembros como forma de construcción de esas realidades, donde los contextos de producción y recepción del enunciado lingüístico; y los propósitos de los interlocutores son los que, analizados minuciosamente, pueden dar explicaciones acerca la naturaleza de las prácticas sociales de un determinado grupo humano.
Sin embargo, como herramienta o como marco general, el análisis del discurso y la investigación cualitativa establecen acuerdos o manifiestan claras convergencias, de las cuales algunas de ellas (por cuestiones de tiempo y espacio) serán objeto de comentarios en este breve trabajo monográfico.
Estos son: a) sus orígenes o desarrollo histórico; b) el carácter transdisciplinario; y c) la preeminencia del contexto como elemento fundamental de análisis.

I. Investigación Cualitativa y Análisis del discurso: convergencias históricas
La ruptura con lo anterior es una característica histórica común de estas dos visiones o modos de investigación. Ese “rompimiento” no ha de interpretarse como un “parricidio” cometido en contra de las instituciones o figuras predecesoras en su ámbito específico, sino más bien como una fractura producto de la necesidad de buscar nuevos caminos para entender las realidades sociales mas no física o empíricas, las cuales por su naturaleza y complejidad ya no se podían abordar desde enfoques de investigación tradicionales.
Valles (1999) hace un recorrido por los distintos mapas de lo que puede interpretarse como los factores históricos que determinaron la naturaleza actual de la IC. Vale destacar, por ejemplo, a Hamilton (1994), quien ve en la filosofía de Kant (1724–1804) la génesis de la IC, dada su ruptura con el pensamiento dominante en la filosofía: el objetivismo cartesianismo. Con Kant adquiere relevancia, explica Hamilton, los procesos de interpretación y compresión del individuo acerca de la realidad estudiada, así como su diferenciación entre “razón científica”, como conocimiento teórico proveniente de la naturaleza, y la “razón práctica”, como conocimiento aplicado en la toma de decisiones en la acción humana (Valles, 1999: 23). Sigue con los neokantianos (dialécticos y existencialistas), en el que identifica una justificación evidente de la aparición de la perspectiva cualitativa de investigación, dado el surgimiento de vínculos entre ciencia social, cambio social y emancipación. Cierra con el examen de los años 60 y 70 del llamado paradigma “cartesiano/newtoniano” que tanto aportó a la investigación educativa  y psicológica, y más adelante (80 y 90) los trabajos del estilo “investigación/acción” neokantiana, en los que resalta Junger Habermas.
Sin embargo, para un recién iniciado en estas faenas investigativas, resulta aún inalcanzable una reflexión histórica de la investigación cualitativa tan lejana a primera vista. Se entiende como una primera aproximación para a apreciar bases fundamentales pero no la proximidad práctica de la IC en contraposición metodológica a la tradicional Investigación Cuantitativa, modelo imperante en las ciencias.
Valles (1999) toma en segundo término la perspectiva histórica de Conde (1994) para iniciar un diálogo histórico entre lo cuantitativo y lo cualitativo como modelo emergente en la investigación. De Aristóteles y Platón a Weber, pasando por la Edad Media y Newton, Conde resalta el valor de estos personajes, a su juicio claves, pues fundan las bases para el surgimiento del enfoque cualitativo. Pero advierte, que son Vidich y Lyman, con su trabajo de 1994, quienes hacen más cercana y comprensible la historia de la investigación cualitativa.
“En ella no se menciona ni a Kant, ni a Platón o Aristóteles, para situar el punto de partida de la investigación cualitativa y derivar su desarrollo frente a la aproximación cuantitativa. De hecho, se diluye el debate entre lo cualitativo y lo cuantitativo. El encuadre temporal llega hasta nuestros días, pero iniciando el relato en el siglo XV y haciéndolo transcurrir en torno a la investigación etnográfica que se practica a partir de entonces en la sociología y la antropología norteamericanas”. (Valles, 1999: 27–28)
En esta etapa es fundamental el papel de la antropología y su aporte en la aplicación efectiva de un método de investigación de campo, en que el investigador entra en la cultura de un grupo en particular para producir «desde adentro» una exposición sobre sentidos y actividades: la etnografía.
“El etnógrafo recurre a una amplia serie de fuentes para trazar la pintura de un grupo social, y participa de «la vida cotidiana de la gente durante un lapso prolongado, observando  lo que ocurre, escuchando lo que se dice y haciendo preguntas»”. (Hammersley y Atkinson, 1983 en Sullivan y otros, 1995)
En efecto, Vidich y Lyman (1994) hablan de una serie de etapas fundamentales: 1) la etnografía primitiva, en la que tiene lugar el descubrimiento del otro; 2) la etnografía colonial, que se refiere a la actividad de investigación empírica de los colonos y misioneros europeos de los siglos XVII, XVIII y XIX; 3) la etnografía del indo–americano, en la que destaca el trabajo de los antropólogos del los siglos XIX y comienzos del siglo XX; 4) la etnografía llamada de los otros ciudadanos, de las comunidades y sobre los inmigrantes americanos, hasta los años 60; 5) estudios sobre etnicidad o etnografía de la asimilación, hasta los años 80; y 6) y, actualmente, etnografía postmoderna, en la cual imperan los estudios reflexivos sobre las implicaciones éticas y políticas de la etnografía.
Estas etapas nos ilustran un rasgo característico de la IC: un tipo de investigación centrada en el individuo como eje de estudio, su lenguaje, su comportamiento y su relación con los demás miembros de su comunidad. Sin embargo, Valles (1999) explica que un paso importante para entender el desarrollo histórico de la IC lo aportan Denzin y Lincoln (1994) quienes simplifican el «continuo histórico» de la IC en la demarcación de cinco grandes momentos o etapas: 1) la etapa tradicional, característica del “etnógrafo solitario”; 2) la etapa dorada o modernista, identificada como postpositivista y caracterizada por los esfuerzos en la formalización de los métodos y el análisis rigurosos; 3) la etapa de los géneros desdibujados, derivada de la difusa frontera planteada entre las ciencias sociales y las humanidades, dando pie a nuevos enfoques que se integrarían a los anteriores como el postestructuralismo, el neomarxismo, etnometodología, entre otros; 4) la etapa de la crisis de representación que enfrentan los investigadores sociales, caracterizada por la revisión de los criterios y valores utilizados en la etapa anterior; 5) la etapa postmoderna o actual, caracterizada por nuevos descubrimientos de enfoques y métodos cualitativos: influencia de la historia anterior en la realidad estudiada, la posibilidad de escoger paradigmas, estrategias y métodos, según el caso estudiado y, por último, la total eliminación de la perspectiva positivista, neutra u objetiva.
Vemos, en conclusión, en un resumen bastante apretado y que sin duda requiere nuevas y más profundas reflexiones, que la perspectiva de Investigación Cualitativa surge en respuesta o contraposición a la histórica supremacía de los métodos cuantitativos de investigación, basados en los modelos de investigación de las ciencias naturales, los cuales se aplicaron a las ciencias sociales (y aún se aplican necesariamente), pero que requirieron de nuevos apoyos para abordar realidades sociales cada vez más complejas. Los métodos de Investigación Cuantitativa utilizados en las ciencias humanas o sociales, sin duda son necesarios, pero el auge de la Investigación Cualitativa se ha intensificado dado que el abordaje “experimental” de los fenómenos sociales ha demostrado la diferencia existente entre el ser humano, su comportamiento y esencia en relación con los objetos propios de la investigación en ciencias naturales.
La reflexión final es el lugar que debe ocupar el investigador. Para Mella (1998), en la perspectiva cualitativa es imposible neutralizar la relación simbiótica existente entre el investigador y la realidad estudiada.
“Tanto el positivismo como el naturalismo insisten en eliminar los efectos del investigador sobre los datos. Para el positivismo, esto se logra s través de la estandarización de los procedimientos de investigación. Para el naturalismo, la solución es la experiencia directa en el mundo social. En ambos casos se asume que es teóricamente posible aislar una serie de datos no contaminados por el investigador. Esto es sin embargo ilusorio según la gran mayoría de los investigadores partidarios de la metodología cualitativa. Es necesario en cambio reconocer el carácter reflexivo de la investigación social, vale decir reconoce que somos parte del mundo social que estudiamos. No podemos evitar nuestros efectos sobre los fenómenos sociales que analizamos” (Mella, 1998: 4).
El desarrollo histórico del Análisis del Discurso (AD) y su posición sobre la realidad estudiada (el lenguaje en uso) no dista mucho del devenir de la Investigación Cualitativa (IC). Sin embargo, aun cuando muchos lo han interpretado también como un “parricidio” cometido por el AD en contra de la Lingüística tradicional, en la que el objeto de estudio es el lenguaje en sí y no el lenguaje “usado” por los hablantes en una situación específica, más bien el AD se ha nutrido históricamente de ésta para el desarrollo de sus métodos; pero hay que hacer la salvedad de que no es su única fuente. Es imperativo además, a diferencia del desarrollo histórico de la IC, cuando nos referimos al AD, indicar las disciplinas que con su desarrollo por separado han influido en la conformación de lo que hoy conocemos como Análisis del Discurso.
Si hemos visto que en la IC que el individuo es el centro de la investigación, tanto como objeto como investigador, y resumimos que los métodos cualitativos surgieron en la actualidad en contraposición de los métodos cuantitativos, en el AD la cosa tampoco es tan distinta. Tradicionalmente, la Lingüística General no tomaba, o tomaba muy poco en cuenta, al individuo hablante (productor o receptor) y el análisis se quedaba en los niveles superficiales del lenguaje. De ahí la supremacía histórica de la llamada Lingüística Estructural en los estudios del lenguaje.
Importaba el cómo se construían las palabras (morfología), cómo se organizaban (sintaxis), y qué significados tenían (semántica); e interesaba relativamente poco quiénes construían y organizaban esas palabras, con qué propósitos, en qué situaciones específicas y qué sentidos contextuales les daban a esos significados.
Para llegar al Análisis del Discurso es necesario apreciar entonces las disciplinas dentro de y desde la lingüística, las cuales surgen de la necesidad de dar respuesta a preguntas que la lingüística estructural no había podido responder. La Pragmática Lingüística y la Lingüística del Texto son dos de ellas, fundamentales para el surgimiento del AD.
La pragmática emerge precisamente para vencer “la distancia que existe a veces entre lo que literalmente se dice y lo que realmente se quiere decir” (Escandell, 1996). Algo que no había resuelto la Gramática o la Lingüística Estructural. Por su parte, la Lingüística del Texto o Lingüística Textual surge también como un tipo de análisis que transciende a la oración, hasta entonces considerada como la unidad más importante para el estudio lingüístico.
Van Dijk (1990) explica que además de la Pragmática Lingüística y la Lingüística del Texto, los orígenes de lo que hoy conocemos como Análisis del Discurso deben apreciarse en:
1) La retórica. Aristóteles y los retóricos clásicos en la Antigua Grecia ya habían adelantado elaboradas categorizaciones de las estructuras, funciones y estrategias del discurso, con una finalidad persuasiva y tomando muy en cuenta los propósitos de los hablantes y el contexto en el que se utilizaba el lenguaje.
2) El formalismo ruso y el estructuralismo francés (1917-1980). Los cuales surgieron de la necesidad de darle explicación a los discursos narrativos (sus estructuras, las funciones de sus componentes, el manejo interno de los significados); y.
3) La integración de otras disciplinas de las ciencias sociales, como la antropología, la sociología, la psicología y la inteligencia artificial.
Calsamiglia y Tusón (1999) explica que cuando hablamos de discurso hablamos de una práctica social y de una forma de acción entre las personas, entonces entendemos la profusión de disciplinas de las ciencias sociales implicadas en el AD, y especialmente aquellas ya mencionadas en el desarrollo histórico de la Investigación Cualitativa.
En primer lugar, observamos la antropología lingüística y la etnografía de la comunicación. En ambas, al igual que la IC, se hace especial énfasis en las relaciones entre la lengua, el pensamiento, la cultura y la comunicación. Asimismo, se incluye el aporte de la sociología, sobre todo a partir de los años 50, cuando se hace imperativo abordar el estudio “micro” para entender las acciones complejas que caracterizan a los individuos sociales. Dentro de esa microsociología, Calsamiglia y Tusón reiteran la contribución del llamado interaccionismo simbólico que da relieve a las interacciones de la vida cotidiana para entender el comportamiento social. Esta, junto a otros aportes de la sociología como la etnometodología, la sociolingüística interaccional y el análisis conversacional, se constituyen como métodos idóneos para el abordaje y estudio de la realidad de los individuos en su cotidianidad (sobre sus acciones y sus interacciones verbales), con la finalidad de entender el comportamiento social.
Estamos ante una convergencia o acuerdo evidente en este primer apartado que surge a partir de la reflexión del desarrollo histórico y las disciplinas involucradas en los términos aquí estudiados: la Investigación Cualitativa y el Análisis del Discurso. Este encuentro, sin lugar a dudas, es el valor del individuo como principal actor, tanto como objeto de estudio como investigador, de la realidad social que se aborda. En la Investigación Cuantitativa el individuo era un número, un dato, un insumo para cálculos estadísticos, y en la Lingüística Tradicional no existía más allá de sus productos textuales o para analizar su aparato fonético. Hoy, en la IC y en el AD, el individuo, el efectivo acercamiento a su actividad cotidiana, la apreciación detallista de los productos sociales que genera y con los cuales realiza intercambios (textos, fundamentalmente), son características fundamentales e ineludibles para la investigación y el entendimiento de la realidad social.

II. IC y AD: disciplinas transdisciplinarias
Tanto la Investigación Cualitativa (IC) como el Análisis del Discurso (AD) se han entendido como perspectivas de investigación social en las que lo transdisciplinario es fundamental. Ya esto lo apreciamos en sus respectivos desarrollos históricos, en los cuales los aportes y coincidencias de distintas disciplinas de las ciencias sociales han producido lo que hoy conocemos como IC y AD. Ello explica también los panoramas difusos que se dibujan ante nuestros ojos al momento de intentar una definición fija y absoluta de ambas perspectivas.
En este y en casi todos los ámbitos, lo transdisciplinario, se refiere no a la pluridisciplinariedad (estudio de un objetivo de una sola y misma disciplina por varias disciplinas a la vez), ni a la interdisciplinariedad (con la cual tiende a confundirse y que concierne a la transferencia de métodos de una disciplina a otra), sino al carácter integrador y trascendental de las nuevas formas de investigación (Nicolescu, 1996).  
La transdisciplinariedad es hoy en día una característica esencial de las ciencias sociales en general. El ya citado Basarab Nicolescu, en su documento La transdisciplinariedad. Un manfiesto (1996), nos advierte sobre lo complejo y oscuro que se han vuelto las realidades que trata de aprehender un investigador (“El proceso de decadencia de las civilizaciones es de una gran complejidad y tiene sus raíces en la más completa oscuridad”). Y a partir de allí, de esa complejidad reinante en la realidad, entendemos porqué los métodos clásicos de investigación, caracterizados por un enfoque ortodoxo y único (positivista y disciplinario), tanto en la investigación en general como en los estudios del lenguaje, necesariamente han cambiado a un enfoque de perspectiva múltiple y de características basadas en la complejidad de la realidad concreta que se estudia.
Son tres los elementos pilares de la investigación transdisciplinaria: el reconocimiento de que la realidad tiene distintos niveles; la existencia de una tercera posibilidad a todo lo que creemos dicotómico, bipolar; y la complejidad. En el primero pilar es conveniente detenerse: los distintos niveles de la realidad.
La realidad es vista como un fenómeno tan complejo que posee una estructura discontinua, a su vez segmentada por niveles. Anteriormente cada nivel era atendido por una disciplina en particular y era tal su concentración que esa disciplina terminaba dando una conclusión parcial de la realidad estudiada. Se creía que se estaba investigando para dar con una visión real de un problema, por ejemplo, pero se llegaba a una visión parcial, fragmentaria. Un ejemplo, el 27 de febrero de 1989, mejor conocido como “El Caracazo”. Sólo tiempo después entendimos que todas las explicaciones que dieron a este fenómeno sociólogos, politólogos, economistas, historiadores, etcétera, fueron visiones sesgadas, fragmentadas, incompletas de lo que realmente ocurrió y no existió una disciplina que nos diera luz sobre el problema. Aunque que no descarta el aporte de cada una de estas disciplinas.
“La estructura discontinua de los niveles de Realidad determina la estructura discontinua del espacio transdisciplinario que, a su vez, explica por qué la investigación transdisciplinaria es radicalmente distinta a la investigación disciplinaria, siéndole sin embargo complementaria. La investigación disciplinaria concierne más o menos a un solo y mismo nivel de Realidad, por otra parte, en la mayoría de los casos no concierne más que a los fragmentos de un solo y mismo nivel de Realidad. En cambio la transdisciplinariedad se interesa en la dinámica que se engendra por la acción simultánea de varios niveles de Realidad. El descubrimiento de dicha dinámica pasa necesariamente por el conocimiento disciplinario. La transdisciplinariedad, aunque no siendo una nueva disciplina o una nueva hiperdisciplina se nutre de la investigación disciplinaria la cual a su vez se aclara de una manera nueva y fecunda por medio del conocimiento transdisciplinario. En ese sentido, las investigaciones disciplinarias y transdisciplinarias no son antagónicas, son complementarias” (Nicolescu, 1996: 5)
¿Se parece algo tanto a la Investigación Cualitativa y al Análisis del Discurso? He ahí otra convergencia o acuerdo. Ambas son transdisciplinarias.
Valles (1999) lo recalca al presentarnos las ideas de Denzin y Lincoln (1994) sobre el momento actual que experimenta la IC y que ellos identifican como la “quinta etapa” o “etapa postmoderna”. Allí se expresa la “opcionalidad de paradigmas, estrategias de investigación o métodos de análisis” a los cuales el investigador cualitativo debe “echar mano” para indagar sobre la realidad estudiada.
“La investigación cualitativa es un campo interdisciplinar, transdiciplinar y en muchas ocasiones con-tradisciplinar. Atraviesa las humanidades, las ciencias sociales y las físicas. La investigación cualitativa es muchas cosas al mismo tiempo. Es multiparadigmática en su enfoque. Los que la practican son sensibles al valor del enfoque multimetódico. Están sometidos a la perspectiva naturalista y a la comprensión interpretativa de la experiencia humana. AI mismo tiempo, el campo es inherentemente político y construido por múltiples posiciones éticas y políticas.
El investigador cualitativo se somete a una doble tensión simultáneamente. Por una parte, es atraído por una amplia sensibilidad, interpretativa, postmodema, feminista y crítica. Por otra, puede serlo por unas concepciones más positivistas, postpositivistas, humanistas y naturalistas de la experiencia humana y su análisis” (Lincoln y Denzin, 1994, en Rodríguez y otros, 1996: 9).
Como vimos en su desarrollo histórico y notamos en su variedad de paradigmas, diseños, estrategias, técnicas y métodos, la IC es transdisciplinaria. En su aplicación práctica hecha mano a técnicas de las disciplinas que la utilizan como marco general (psicología social, sociología, antropología), es decir, la investigación documental, la observación participante, la conversación cotidiana, las entrevistas de profundidad, la narración, el análisis del discurso, entre otras.
La transdisciplinariedad, asimismo, es un reto, una realidad y un norte para los estudios del discurso. Bolívar (1999), en uno de los editoriales que inauguran el primer número de la revista Discurso y Sociedad en su edición castellana, habla que la convergencia de disciplinas, enfoques y métodos de las ciencias sociales, así como de experiencias de los propios investigadores, no sólo es necesaria para abordar de manera exitosa una investigación en particular, sino también imperativa para “transformar” nuestro entorno.
“La meta es tener claro dónde se ubica cada investigador, para facilitar el acceso al conocimiento que se maneja en las diferentes disciplinas interesadas en el análisis del discurso y así crear nuevos espacios de discusión y de trabajo. Creo que si tenemos claro los lingüistas, por ejemplo, que nuestra meta es contribuir a una teoría general del lenguaje en la que tengan cabida los procesos sociales, debemos dejar esto establecido. Pero, si en el camino nos damos cuenta de que no podemos hacer teoría pura sin ser a la vez analistas críticos, tenemos que reconocer que ésa es una parte fundamental de nuestro trabajo, pues es el compromiso con la sociedad a la que pertenecemos. De igual manera, el psicólogo o el politólogo, el historiador, el comunicador social y otros pueden preguntarse lo que lo que están en capacidad de hacer por su propia disciplina para ofrecer explicaciones y mejorar o proponer métodos, y, al mismo tiempo, llamar la atención sobre los problemas sociales relevantes que exijan su participación e intervención” (Bolívar, 1999: 10)
Esta reflexión nos acerca una vez más a la coincidencia que tienen la IC y el AD, señalada más arriba, sobre el compromiso que conlleva en la Investigación Cualitativa emprender una indagación social en el entorno al cual pertenecemos. Si Adriana Bolívar nos invita a convertirnos necesariamente en “analistas críticos” es que tanto en la IC como en el AD el involucramiento con el objeto como investigadores nos lleva a asumir ese deber ineludible de transformar o mejorar nuestro entorno.
Uno de los abanderados de la visión trans y multidisciplinaria en los estudios del discurso es el investigador holandés Teun Van Dijk, quien explica que si necesariamente asumimos la tarea de analizar el lenguaje en usos particulares y contextualizados, ineludiblemente también tenemos que aceptar el reto de observar detenidamente las relaciones entre el discurso, la cognición y la ideología, lo cual, a su juicio, “no puede estudiarse desde una sola perspectiva: requiere un análisis en todas las disciplinas de las humanidades y las ciencias sociales” (Van Dijk, 2003: 18).

III. El contexto en la Investigación Cualitativa y en el Análisis del Discurso
Mella (1998) expresa que “la característica fundamental de la Investigación Cualitativa es su expreso planteamiento de ver los acontecimientos, acciones, normas, valores, etcétera, desde la perspectiva de la gente que está siendo estudiada”.
A su juicio, tal perspectiva sugiere que además de intentar una compenetración con los individuos involucrados en el fenómeno estudiado, “también implica una capacidad de penetrar los contextos de significado con los cuales ellos operan”.
Los investigadores cualitativos estudian la realidad en su contexto natural. Allí ven los fenómenos tratando de apreciarlos de manera normal o habitual, tal como suceden. Para ello se valen de todas las corrientes o metodologías que hemos referido más arriba. De allí que la palabra contexto se repite con insistencia en los manuales de IC, destacando que los investigadores cualitativos hacen énfasis en las descripciones de los elementos del contexto porque ello ayudará “a entender lo que está pasando en ese contexto en particular” (Mella, 1998).
En el Análisis del Discurso, como investigación cualitativa, es fundamental el estudio de los elementos del contexto para dar explicaciones a la realidad estudiada. Veremos que términos de la Investigación Cualitativa (como participantes, por ejemplo) se toman en cuenta también el Análisis del Discurso y con las mismas finalidades: estudiar el contexto y sus elementos (entre ellos los participantes) para dar explicaciones a la realidad investigada.
Muchos autores coinciden en lo difícil que es definir el término contexto en los estudios contemporáneos de lenguaje. Sin embargo, existe un acuerdo en común: desde la perspectiva pragmática–discursiva, el contexto es un elemento fundamental para la comprensión de las palabras, los enunciados y las interacciones verbales en general.
Lozano, Peña y Marín (1999) indican que la dificultad de definir el concepto de contexto parte de la multiplicidad de enfoques teóricos y metodológicos que han proliferado. No obstante, reconocen que trabajar dicho concepto, desde los enfoques de la sociolingüística, la antropología y la pragmática, ha hecho notar “la necesidad de tener en cuenta el contexto en el que se sitúa la producción lingüística”. ¿Para qué? Para entenderla.
Por su parte, Reyes (1995) simplifica la discusión y propone una categorización sencilla sobre las diversas nociones de contexto:
“Los intentos de teorizar el exceso de significado han llevado a varias teorías sobre el contexto. Se suelen deslindar tres tipos de contexto: el lingüístico, el situacional y el sociocultural. El primero está formado por el material lingüístico que precede y sigue a un enunciado, y se lo llama a veces co-texto. El segundo tipo, o contexto situacional, es el conjunto de datos accesibles a los participantes de una conversación que se encuentran en el entorno físico inmediato. Por ejemplo: para que el enunciado Cierre la puerta, por favor tenga sentido, es necesario que haya ciertos requisitos contextuales que son parte de la situación de habla: que haya una puerta en el lugar donde ocurre el diálogo y que esté abierta, entre otras cosas. Finalmente, el contexto sociocultural es la configuración de datos que proceden de condicionamientos sociales y culturales sobre el comportamiento verbal y su adecuación a diferentes circunstancias” (Reyes, 1996: 20)
En el análisis de la conversación, metodología cualitativa utilizada en el Análisis del Discurso, la perspectiva que propone una metodología para ello es la etnografía de la comunicación. Derivada de la antropología lingüística, ésta plantea "que una manera de entender y explicar cómo funcionan las diferentes actividades humanas es a partir de la observación de sus comportamientos comunicativos" (Tusón, 1997).
Dell Hymes, uno de los fundadores de esta disciplina, propuso sistematizar la comprensión de los eventos comunicativos (tanto los institucionalizados, como los cotidianos o espontáneos) a partir de la revisión de ocho elementos que, según su planteamiento, forman parte del contexto situacional y se dan en todos las interacciones verbales. Organizados en el acróstico speaking, Hymes clasificó los criterios para la caracterización de los intercambios verbales de la siguiente manera:
Situation (situación)
Participants (participantes)
Ends (finalidades)
Act sequences (secuencias de actos)
Key (claves)
Instrumentalities (instrumentos)
Norms (normas)
Genre (género)
(Hymes, 1972 en Tusón 1997)
Es conveniente explicar brevemente en qué consiste cada uno de dichos elementos. En primer lugar, la situación, según Tusón (1997), debe verse desde dos vertientes: la localización espacial y temporal en el cual se da el evento comunicativo –teniendo muy en cuenta sus delimitaciones–; y la atmósfera psicosocial en la cual se desarrolla. Esta última se refiere a determinadas organizaciones espacio–temporales que hacen, por su naturaleza, que los participantes adecuen su comportamiento verbal a la situación. No es lo mismo una conversación en un bar que ante las cámaras de televisión.
Los participantes son las personas que protagonizan el evento comunicativo. El análisis de este componente es de suma importancia, pues en muchos casos la naturaleza de la conversación depende fundamental de quiénes son los individuos que interactúan en ella.
Las finalidades, por supuesto, guardan relación con los propósitos de los participantes en la interacción verbal. Dice Tusón: “Las finalidades se refieren tanto a los objetivos –a las metas– de la interacción como a los productos que se obtienen y que pueden coincidir o no con las finalidades. Las finalidades pueden ser de tipo social o institucional (la finalidad de una entrevista médico-paciente es la de conseguir la curación del paciente) y de tipo particular o individual (en el caso que nos sirve de ejemplo no es difícil imaginar un encuentro en el que el médico lo que pretende es terminar cuanto antes la entrevista-consulta u otro en el que el paciente lo que pretende es conseguir una baja laboral o la receta de un medicamento al que es adicto). Lógicamente, no siempre las finalidades de todos los participantes coinciden y cuando hay disparidad de intenciones se abre un proceso de negociación que puede resultar en al victoria de uno de los participantes, en una situación intermedia o en un conflicto de intereses sin resolver”.
Las secuencias de actos refieren la estructura y la organización de los mensajes que intercambian los participantes en el evento comunicativo. Cómo se distribuyen y se presentan los temas de la conversación es lo que el analista debe determinar en el estudio de este componente.
El registro (formal o informal) y el tono (serio, lúdico, íntimo, etc.) están identificados en el acróstico de Hymes como las claves (keys) de la conversación. Mientras que los instrumentos incluyen el canal o medio por donde circula el mensaje; las formas de hablar (aquella parte del repertorio de vocabulario que se elige para la interacción); y todos los elementos cinésicos y próxemicos (gestos, posiciones del cuerpo, etc.). Aquí se incluyen los marcadores discursivos recurrentes en los participantes (ajá, ujú, mm).
Las normas, explica Tusón, son tanto de interacción como de interpretación.
“Las normas de interacción regulan la toma de palabra: quién puede intervenir y quién no, de qué manera se interviene (espontáneamente, pidiendo la palabra), si se puede interrumpir o no, si hemos de esperar a que se nos pregunte, etc. Las normas de interpretación se refieren a los marcos de referencia compartidos que permiten interpretar adecuadamente tanto lo dicho como lo no dicho; son los mecanismos en que se basan la indireccionalidad, las implicaturas, la cortesía, las presuposiciones, y que permiten a los participantes realizar procesos de inferencia para interpretar las intenciones de los demás” (Tusón, 1997)
Por último, el género sugiere el tipo de interacción verbal que se desarrolla. Existen diversas clasificaciones de los géneros discursivos, como por ejemplo aquellas que provienen de la retórica aristotélica, de la teoría literaria, de las funciones y usos lingüísticos (Bajtín), entre otras. Sin embargo, muchos autores parecen estar de acuerdo en que los géneros, tal como lo explica Tusón, se caracterizan desde un punto de vista sociocultural al que se asocian determinados usos lingüísticos-comunicativos.
Vemos entonces, el nivel de complejidad de la Realidad y, tal como lo indicó Mella (1998), como el analista del discurso y el investigador cualitativo deben “mapear” esa realidad para poder analizarla.
“Describir es complejo. Responder la pregunta ¿qué está sucediendo aquí? no es simple. En todo caso, un detalle descriptivo es mapear un contexto, para poder entender la interpretación que hace el sujeto acerca de lo que está sucediendo. Esto posibilita al investigador el producir un análisis y explicaciones que hagan justicia al medio ambiente en el que sus observaciones son hechas” (Mella, 1998: 9)

IV. Conclusiones
Es difícil hacer conclusiones determinantes a partir de una reflexión tan breve y tan apresurada sobre las convergencias o coincidencias entre la Investigación Cualitativa y el Análisis del Discurso. Sobre todo, si consideramos que se han apartado de este rápido razonamiento algunos conceptos o nociones fundamentales, como los métodos en concreto y algunas deliberaciones necesarias sobre la interdependencia o correlación entre ambas disciplinas.
Nos limitamos muy vertiginosamente al desarrollo histórico, el carácter transdisciplinario y a la importancia del contexto, como tres coincidencias, por supuesto susceptibles a revisiones, reconsideraciones y críticas.
Sin embargo, algo nos mueve a pensar lo interesante de estas y otras convergencias que se están dando en las disciplinas y métodos de abordaje investigativo de las ciencias sociales. El auge que percibimos con los llamados Estudios Culturales, pareciera ser un producto directo de esa convergencia, pues es en esa perspectiva donde se asume, de manera transdisciplinaria, lo cualitativo, el lenguaje, la interacción cotidiana, las formas de representación, la ideología, el género, lo mediático, la cultura, el momento político local, la globalización, entre muchísimos factores más, los cuales hacen cada vez más compleja y multidimensional la realidad social y más necesario un abordaje integral para su estudio. Es a partir de allí que surge la necesidad de elaborar nexos efectivos entre las distintas disciplinas que tienen como objeto el hombre, sus relaciones sociales, su comportamiento y su lengua, para emprender investigaciones que no sólo busquen “contemplar” sino también “transformar” las realidades.
Un halo de esperanza o alegría aflora cuando se observa que, a pesar de las tensiones que siempre se han suscitado ante la formación de nuevos esquemas (cuantitativo vs. cualitativo; lingüística tradicional vs. análisis del discurso; etcétera), están ocurriendo eventos en las ciencias sociales que demuestran los cambios que favorecerán la investigación social.
Lull (1995) ya perfilaba un cambio sustancial en las ciencias sociales, caracterizado por “un decisivo alejamiento del positivismo lógico y de sus supuestos y pretensiones universalistas y un marcado interés por las cuestiones teóricas y empíricas de la cultura y las significaciones y por el uso de las metodologías cualitativas de investigación” (Lull, 1995: 13).
Esto lo han presenciado y lo celebran algunos estudiantes que se inician en el Análisis del Discurso, desde la perspectiva de la Investigación Cualitativa.

Bibliografía
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Calsamiglia y Tusón (1999). Las cosas del decir. Manual de Análisis del Discurso. Barcelona: Ariel
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Lozano y otros (1999). Análisis del discurso. Hacia una semiótica de la interacción textual. Madrid: Cátedra
Lull (1995). Medios, comunicación, cultura. Buenos Aires: Amorrortu, 1997
Maingueneau (1996). Términos clases del análisis del discurso. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 1999
Mella (1998). Naturaleza y orientaciones teórico-metodológicas de la investigación cualitativa. http://www.reduc.cl/mell.pdf
Nicolescu (1996). La transdisciplinariedad. Un manifiesto. París: Ediciones du Rocher
O´Sullivan y otros (1995). Conceptos clave en comunicación y estudios culturales. Buenos Aires: Amorrortu, 1997
Reyes (1995). El abecé de la pragmática. Madrid: Arco Libros, 1998
Rodríguez y otros (1996). Metodología de la investigación cualitativa. Málaga: Editorial Agilbe (tomado de www.upch.edu.pe/upchvi/faedu/documentos/materiales/invcualitativa/tradic.pdf)
Tusón (1997). Análisis de la conversación. Barcelona: Ariel
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