viernes, 19 de marzo de 2010

Sensación de librería



Sí. Es en este momento y no en otro que se me ocurre recordar todas las entradas furtivas en librerías de aquí y de allá. Es en este preciso instante que me viene a la memoria el rostro de un librero, el comentario de un vendedor o el gesto inútil de un ingenuo visitante que, tan incrédulo como yo, no sabe qué está buscando pero tiene la seguridad de que ese "algo" nos hallará más temprano que tarde.

Estoy en "mi casa", pero me traslado mentalmente a esa casa soñada. Entonces percibo el olor de la tinta fresca sobre el papel, el diseño finamente pensado de una portada, la textura de un papel premeditado alevosamente por un editor astuto y la foto muy pertinente de un autor casi desconocido: rostro incólume, mano sosteniendo el mentón, expresión ensimismada, con un leve toque de intelectualidad prestada de algún otro escritor admirado.

También se me ocurre pensar en la angustia contenida en tantas y tantas páginas aprisionadas en tantos y tantos libros. Me ataca la sensación (¿ya dije esta palabra?) de desasosiego de tanto escritor de narrativa, poesía y prosa, que abarrota tanto en tan poco espacio. Recorro suavemente con mis dedos los lomos de libros que nadie aún ha leído y escucho el murmullo de miles, tal vez millones, personajes, entrevistados, académicos, protagonistas, invisibles, extraños, muertos...

Encuentro amigos: Haruki, Enrique, Julio, Jorge Luis, Roberto, pero lamentablemente sólo puedo invitar a uno a que me acompañe. Sólo uno de ellos irá en mi regazo hasta mi casa y se posará calmadamente en mi biblioteca para acompañar a otros muchos en ese concierto silencioso de espera perenne para ser leído de una vez por todas en algún momento que la cotidianidad desastroza de la vida lo permita.