viernes, 20 de julio de 2018

“Marcuse, hacia una filosofía comprometida con la historia”

(Escribí este trabajo en junio de 2018 para el II Diplomado de Pensamiento Emancipatorio de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) de El Salvador)

En el medio tecnológico,
la cultura, la política y la economía,
se unen en un sistema omnipresente
que devora o rechaza todas las alternativas
(Marcuse, H. El hombre unidimensional, 1964)

Estamos ante una amenaza dictatorial global como no se había visto en varias décadas. Una vez más, el imperialismo internacional está tratando por todos los medios posibles de recuperar la hegemonía perdida en los últimos años e intentar sobrevivir ante los evidentes signos de decadencia del sistema económico neoliberal que ha causado tanta desigualdad, pobreza y hambre en todo el planeta. En otras palabras, nos encontramos ante la posibilidad real del establecimiento de un régimen totalitario mundial cuyas armas más efectivas son, una vez más, la amenaza de una guerra a escala internacional y el cruento y despiadado sometimiento económico (y político) de las grandes corporaciones globales (y sus gobiernos) sobre las naciones y pueblos del aún llamado Tercer Mundo.

Esto no es más que la nueva materialización o la última versión, mejorada, menos sútil pero más sofisticada, del dominio histórico que el sistema capitalista global (antes industrial y ahora financiero) ha ejercido sobre la sociedad en su conjunto. La invasión definitiva del espacio privado, el sometimiento de un discurso totalitario en soporte multimediático, la imposición de una dependencia económica en diferentes escalas y la anulación del ser humano, se manifiesta en esta nueva fase de control tecnológico envolvente, el cual no permite al ser humano tomar decisiones con libertad o, lo que es peor aún, vivir dignamente la vida que se merece vivir.

Como reza el epígrafe que antecede este texto, el medio tecnológico es el campo en el que la cultura, la política y la economía, los tres espacios fundamentales para el control mundial, imponen un sistema totalitario que además de anular mediante su asimilación cualquier posibilidad de protesta libre, en última instancia impide contundentemente las alternativas transformadoras de esa realidad que se nos impone.
Han pasado 54 años desde la redacción de esa frase por el filófoso y sociólogo alemán Herbert Marcuse (1898-1979), uno de los más importantes representantes de lo que se conoció como la Escuela de Frankfurt. Dicha cita está contenida en su célebre libro El hombre unidimensional (1964), en el cual este pensador crítico analiza las estrategias y mecanismos totalitarios de la sociedad industrial avanzada para ejercer un control férreo sobre la sociedad y permitir el desarrollo del capitalismo.

Como asomamos más arriba, en este controvertido contexto mundial que vivimos, la vigencia y la pertinencia de los planteamientos de Marcuse son más que evidentes. El desarrollo tecnológico que tanto estudió este acucioso y comprometido analista, como el principal mecanismo de posibilitación de un control totalitario sobre la sociedad, hoy en día, con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y, por otra parte, con la evolución exponencial de las técnicas y métodos de la economía y la política, hacen de El hombre unidimensional un documento profético en el cual podemos encontrar descripciones válidas de lo que ocurre en la actualidad, pero sobre todo, podemos hallar posibles caminos, posibles salidas, posibles mapas de ruta, posibles alternativas, para emprender un viaje revolucionario que haga posible el cambio cualitativo planteado por Marcuse.

En este breve ensayo presentaremos de manera suscinta algunos de los planteamientos de El hombre unidimensional cerrando con el papel del lenguaje como herramienta de contención del cambio social, en lo que Marcuse denominó El cierre del universo del discurso. Por último, reflexionaremos sobre el ineludible compromiso histórico de la filosofía para darle apertura a ese universo discursivo estratégicamente clausurado para anular la posibilidad de una alternativa posible de transformación de la realidad. Algo muy marxista.

I. Papel de la teoría crítica ante el desarrollo tecnológico totalitario

El principal propósito de la denominada Escuela de Frankfurt fue el de “hacer una crítica de la sociedad entendida como un todo” (Fazio, 2004: 384). Esta aseveración plantea dos nociones fundamentales. En primer lugar, la ineludible postura crítica del analista ante la realidad dada. Ese es el principio fundamental de todos los filósofos críticos de Frankfurt (y que estos mantuvieron en sus trabajos desde EEUU) y, por ello, postulan una “teoría crítica de la sociedad”. En segundo lugar, presenta la idea de que la sociedad ha de ser analizada “como un todo”. Esta noción de totalidad encierra también un elemento fundamental para entender la sociedad industrial y es el dominio de un tipo de razón o lógica “totalitaria” que se impone sobre los miembros de esa sociedad.

Se trata de la razón instrumental, aquélla que coloca al hombre como instrumento y no como finalidad del sistema capitalista. Por tal razón, para autores como Horkheimer, quien desarrolla ampliamente esta idea en su libro Crítica de la razón instrumental (1947), la causa de la deshumanización de la sociedad es esa razón moderna, meramente instrumental, que en realidad encierra un tipo de irracionalidad, pues no permite el desarrollo pleno de los individuos en una sociedad que tiene todas las posibilidades para ofrecerle al ser humano “una vida mejor para ser vivida”.

Las ideas de Horkheimer fueron retomadas por Marcuse en su libro El hombre unidimensional (1964):

“Esta sociedad es irracional como totalidad. Su productividad destruye el libre desarrollo de las necesidades y facultades humanas, su paz se mantiene mediante la constante amenaza de guerra, su crecimiento depende de la represión de las verdaderas posibilidades de pacificar la lucha por la existencia en el campo individual, nacional e internacional” (Marcuse, 1964: 11-12)

Marcuse protesta como en una sociedad en la que las capacidades intelectuales y materiales son “inconmensurablemente mayores que nunca”, precisamente la dominación de la sociedad sobre el individuo es también “inconmensurablemente mayor”. Allí radica la irracionalidad de esa lógica industrial contemporánea.

Para el autor es obligación de una teoría crítica de la sociedad contemporánea no sólo investigar y analizar la raíz medular que permite esta irracionalidad, sino también examinar las alternativas históricas para mejorar la condición humana. En otras palabras, a decir del propio Marcuse, para que la vida humana merezca ser vivida de manera digna y que existen las posibilidades para que eso ocurra.

Por tal razón, partiendo de esos dos “juicios de valor”, como el propio Marcuse los califica, es necesario un análisis trascendente, es decir, negarnos a aceptar la realidad como se nos es dada, echar luz sobre las posibilidades que existen para mejorar la condición humana y entender que esas posibilidades han sido irracionalmente “retenidas y negadas” por la propia sociedad como totalidad.

Marcuse es consciente de que la propia sociedad evita el cambio cualitativo propuesto. Que sus mecanismos de control están diseñados para vigilar y condicionar al ser humano y no para liberarlo de las ataduras del sistema tecno-científico que lo oprime. Que las instituciones existentes anulan la posibilidad de elecciones libres para su desarrollo personal y colectivo.

“La sociedad contemporánea parece ser capaz de contener el cambio social, un cambio cuantitativo que establecería instituciones esencialmente diferentes, una nueva dirección del progreso productivo, nuevas formas de existencia humana. Esta contención del cambio social es quizá el logro más importante de la sociedad industrial avanzada” (Marcuse, 1964: 14)

En este contexto es fundamental el papel de la tecnología para instituir formas de control y de cohesión social de tendencia totalitaria, eso sí “más efectivas y agradables” en las propias palabras del autor. Por tal motivo, advierte que la tradicional noción de “neutralidad” de la tecnología ya es insostenible.

Eso lo vivimos hoy en día, en pleno comienzo del siglo XXI, cuando las NTIC y, especialmente, las redes sociales vistas como sistema (Facebook, YouTube, Twitter, Instagram, entre otras), se han prestado no sólo para la comunicación interpersonal (falsa y engañosa promesa), sino también para el control y dominio de los seres humanos, a través del manejo de datos privados por instituciones políticas o de seguridad, el seguimiento de comportamientos individuales y colectivos, la proyección de tendencias en la opinión pública, entre otros usos. El más terrible de todos: influir de manera determinante en la opinión pública y condicionar a los individuos a tomar decisiones previamente ya tomadas por el poder.

Es la tecnología al servicio del control social bajo un manto de supuesta libertad de comunicación. Una libertad que en realidad anula las posibilidades de elección y domina al individuo sin que éste se percate de ello. Por ello, suenan con eco de profecía las palabras de Marcuse, al afirmar que la “razón tecnológica se ha hecho razón política” (Marcuse, 1964: 18).

II. Formas totalitarias de sutil control social y ofertas engañosas de libertad

Ya dijimos que, como lo advirtió hace medio siglo Marcuse, hoy en día el control social se ejerce de manera sutil y “hasta agradable” en una sociedad hipnotizada por la oferta multimediática y ciberespacial. Bajo una oferta engañosa de comunicación libre, la razón tecnológica hecha razón política nos envuelve, nos rodea, nos vigila y nos somete.

Otra oferta engañosa para ejercer control social, según Marcuse, es la promesa de “libertad económica”. Una trampa de libertad que en realidad obliga al ser humano a probarse a sí mismo para insertarse en el sistema. Para Marcuse, sin esa presión de «insertarse» el hombre podría vivir su propia vida.

Igual sucede con la supuesta libertad política. Nos ofrecen posibilidades de elección cuando las ofertas son impuestas; el sistema ya ha decidido y el futuro ya está escrito por los que detentan el poder.

Esta totalidad que nos rodea en todos los ámbitos de la vida intramundana (cultura, comunicación, economía y política) se nos presenta como una dimensión única, como una espacio preestablecido sin posibilidad de ser transformado. Una realidad unidimensional en la que negar dicha realidad es renunciar a una supuesta libertad que te ofrece el sistema. Por ello, en la sociedad industrial avanzada, cuya organización está montada sobre la estructura altamente tecnificada, el término o significado real de lo que conocemos por libertad ya no se puede concebir como libertad individual. El individuo no es libre; el sistema sí lo es.

La esencia de esta engañosa libertad para decidir la expresa Marcuse, al explicar cómo somos totalmente incapaces de definir cuáles necesidades del ser humano son verdaderas (provenientes de la necesidad biológica-principio de realidad) y cuáles son falsas (provenientes de la imposición de la sociedad-principio de placer). Dado el control social ejercido de manera totalitaria sobre los individuos, estos son incapaces de diferenciar dichas necesidades. Así las cosas, cualquier decisión supuestamente libre está condicionada de antemano.

“En última instancia, la pregunta sobre cuáles son las necesidades verdaderas o falsas sólo puede ser resuelta por los mismos individuos, pero sólo en última instancia; esto es, siempre y cuando tengan la libertad de dar su propia respuesta. Mientras se les mantenga en la incapacidad de ser autónomos, mientras sean adoctrinados y manipulados (hasta en sus mismos instintos) su respuesta a este pregunta no puede considerarse propia de ellos”. (Marcuse, 1964: 28)

Otra cuestión clave para la Escuela de Frankfurt y que retoma Marcuse, es el porqué los individuos terminan defendiendo el sistema que los oprime. Hay una escena en la película Matrix (1999) en la que el personaje Morfeo le explica a Neo cómo funciona “el sistema” (la matriz) en el que las máquinas que dominan el mundo mantienen a los seres humanos en un sueño profundo para el provecho de su energía. Morfeo dice: “Tienes que comprender que la mayor parte de estas personas son todavía parte del sistema y que eso las convierte en nuestros enemigos. Tienes que comprender que la mayoría de la gente no está preparada para ser desconectada. Y muchos de ellos son tan inertes, tan desesperadamente dependientes del sistema, que lucharían para protegerlo”.

Así sucede en la sociedad industrial avanzada que 35 años antes de Matrix analizó Marcuse:  quien critica el modelo unidimensional o totalitario es irracional.

“… en la época contemporánea, los controles tecnológicos parecen ser la misma encarnación de la razón en beneficio de todos los grupos e intereses sociales –hasta tal punto que toda contradicción parece irracional y toda oposición imposible” (Marcuse, 1964: 31)

Marcuse advierte que ello no debe alarmarnos, pues los controles sociales han sido introyectados en los humanos hasta tal punto que llegan a afectar la capacidad de protesta individual en sus raíces. Como en Matrix, la negativa a «seguir la corriente» aparece como un signo de neurosis e impotencia, lo cual refuerza la unidimensionalidad al obligar a los individuos, por medio de la coerción y la condena a la disidencia a anular la protesta y a aceptar la realidad social tal cual como se presenta.

“Los fabricantes de la política y sus suministradores de información masiva promueven sistemáticamente el pensamiento unidimensional. Su universo de razonamiento está poblado de hipótesis que se validan a sí mismas y que, repetidas incesante y monopolísticamente, se tornan en definiciones hipnóticas o dictados. Por ejemplo, «libres» son las instituciones (y sobre las que se opera) en los países del mundo libre; otro modos trascendentes de libertad son por definición anarquismo, el comunismo o la propaganda. «Socialistas» son todas las intrusiones en empresas privadas no llevadas a cabo por la misma empresa privada, tales como el seguro de vida universal y comprensivo, la protección de recursos naturales, contra una comercialización devastadora, o el establecimiento de servicios públicos que pueden perjudicar ganancias privadas” (Marcuse, 1964: 36)

La dominación de la sociedad sobre el individuo –explica Marcuse- se disfraza de libertad extendiéndose a todas las esferas de la existencia pública y privada. Así, integra toda oposición auténtica con un matiz fashionista, aceptable, agradable, el cual absorbe cualquer alternativa de rechazo, anulándola. Sólo un rechazo a escala mayor (Gran rechazo) podría revertir la situación. Es decir, una revolución que cambiaría no sólo las instituciones sino también la cotidianidad de los miembros de la sociedad.

III. Universo político cerrado

Para Marcuse existen además estrategias transversales en el establecimiento de las formas de dominación y de contención del cambio social. Una es la permanente ambivalencia entre el Estado de Bienestar y el Estado de Guerra. En términos freudianos, la lucha permanente del ser humano entre Eros y Tánatos. Es decir, entre la búsqueda del placer o el miedo a la muerte.

Se domina al sujeto social por medio de una supuesta o virtual satisfacción de sus necesidades básicas buscando su bienestar (invocando al denominado Principio de Placer o de satisfacción inmediata) o se le somete apelando a una permanente amenaza de guerra (Principio de Realidad o de satisfacción pospuesta).

Esto refuerza la integración, aceptación y defensa del individuo al sistema que lo somete. Para el teórico alemán, ello constituye uno de los más sutiles mecanismos de contención del cambio social cuyo principal logro es la asimilación de la clase trabajadora al sistema capitalista. Según Marcuse, hace de los sujetos una “servidumbre agradable”.

Esta situación crea un universo político cerrado. En otras palabras, una realidad social clausurada que no permite opciones distintas a las ofrecidas por el propio sistema. El sistema además de darnos la libertad de elegir, también satisface nuestras necesidades inmediatas y nos protege de una amenaza permanente de destrucción. Mejor descripción del sistema capitalista contemporáneo es imposible.

IV. Universo discursivo clausurado

Otra estrategia transversal, pero sobre todo envolvente y totalitaria, es el uso operativo o estratégico del lenguaje. Marcuse le da una importancia vital al lenguaje como herramienta de contención del cambio social.

Para el filósofo alemán, el lenguaje es fundamental y los massmedia son el principal soporte de los mensajes lingüísticos que constituyen “la mediación entre los amos y sus servidores”.

Ya en una cita más arriba advertimos como el universo de razonamiento que nos impone la sociedad industrial avanzada y, hoy en día, el capitalismo global neoliberal, está poblado de hipótesis que se validan a sí mismas y se tornan en definiciones hipnóticas o dictados.

Los actores mediáticos (productores de mensajes, medios, agencias de publicidad, etc.) configuran universo comunicacional en el que la conducta «unidimensional» se expresa a sí misma. La unidimensionalidad se erige sobre la acción envolvente, totalitaria y global de lo mediático con lenguaje que identifica y unifica: pensamiento único, una realidad manifiesta en positiva, la cual es imposible trascender.

Marcuse señala el establecimiento de un pensamiento unívoco en el que “la tensión entre apariencia y realidad, entre hecho y factor que lo provoca, ente sustancia y atributo, desaparecen”. No existe, por tal razón, una frontera o quiebre entre lo que se nos manifiesta y las causas que lo provocaron, coartando la posibilidad del individuo de discernir o criticar negativamente lo que se nos presenta como positivo. Cualquier explicación de lo acontecido desaparece e intentar mostrarlo es una afrenta, un atentado.

Es ahí donde el lenguaje cumple una función totalitaria de designar las cosas sin prueba, de señalar sin demostración, de indicar sin explicación.

“Los conceptos de autonomía, descubrimiento, demostración y crítica dan paso a los de designación, aserción e imitación. Elementos mágicos autoritarios y rituales cubren el idioma. El lenguaje es despojado de las mediaciones que forman las etapas del proceso de conocimiento y de evaluación cognoscitiva. Los conceptos que encierran los hechos y por tano los trascienden están perdiendo su auténtica representación lingüística. Sin estas mediaciones, el lenguaje tiende a expresar y auspiciar la inmediata identificación ente razón y hecho, verdad y verdad establecida, esencia y existencia, la cosa y su función” (p.105)

El denominado por Marcuse “operacionalismo del lenguaje” contribuye también a rechazar cualquier intento de elementos no conformistas en la interacción verbal, algo muy propio del lenguaje formal y en el que la única oposición posible es el habla cotidiana, la jerga, el lenguaje popular. Por tal razón, los discursos políticos, institucionales, del poder en general, tienden a tecnificarse a un nivel que no permite el rechazo o la disidencia discursiva, sino más bien la asimilación. Eso explica porque los productos mediáticos absorben el lenguaje vulgar y lo neutralizan integrándolo a sus discursos (telenovelas, música, etc).

Otro aspecto distintivo del totalitarismo lingüístico es la invisibilización u omisión de la función o propiedades esenciales de la cosa, las cuales son sustituidas por sus nombres. Es decir, los nombres explican las cosas anulando así sus propiedades. El ejemplo más común en la sociedad contemporánea es la manido y distorsionado uso de la palabra “democracia”, la cual originalmente siempre significó el sistema político basado en soberanía del pueblo. Hoy en día, el nombre sustituye su significado y “democracia” se entiende como un modelo político cerrado e impuesto por el poder liberal burgués, en el que cualquier oposición es considerada un atentado comunista o anarquía.

“En este mundo, las palabras y los conceptos tienden a coincidir o mejor dicho, el concepto tiende a ser absorbido por la palabra. Aquél no tiene otro contenido que el designado por la palabra de acuerdo con el uso común y generalizado. Así, la palabra se hace cliché y como cliché gobierna al lenguaje hablado o escrito: la comunicación impide el desarrollo genuino del significado” (Marcuse, 1964: 107)

Lo más peligroso y que contribuye enormemente al cierre o clausura del universo discursivo para evitar el cambio social es que dichos clichés, son tomados como banderas institucionales, como valores universales, como tótems, que no pueden ser refutados, revisados o analizados. Así, dichos clichés funcionan como “fórmulas mágico-rituales” que sellan el mundo de los individuos. Palabras como libertad, igualdad, paz, son usadas para el cierre de ese universo unidimensional en el que no es posible criticar que ocultan acciones de servidumbre, desigualdad, opresión o amenaza.

Marcuse se pregunta: ¿Cómo puede la protesta y negación encontrar la palabra correcta cuando los organismos del orden establecido admiten y anuncian que la paz es en realidad el borde de la guerra? Y la pregunta es válida pues en el fondo la operativización exitosa del lenguaje justifica la guerra para defender la democracia, la aniquilación para establecer la paz o la intervención injerencista imperial para lograr “la libertad” de un “pueblo oprimido”. Ejemplos en la actualidad sobran, sobre todo en la última arremetida imperialista que emprende los Estados Unidos de Norteamérica contra América Latina y los gobiernos progresistas de los últimos 20 años.

El carácter autoritario del lenguaje se nos presenta con familiaridad y sutilmente cierra el universo del discurso contra cualquier otro discurso que no se desarrolle en sus propios términos.

Marcuse nos dice también que el lenguaje funcional, estratégico, operativo, es un lenguaje radicalmente antihistórico, pues “la racionalidad operacional tiene poco espacio y poco empleo para la razón histórica”. (p. 118)

El sistema mediático altamente tecnificado por el desarrollo de las ciencias se convierte en la capa exterior del universo unidimensional, es decir, cerrado, en el que el lenguaje operacional “enseña al hombre a olvidar”, pues niega la concreción de la experiencia humana.  

Marcuse comienza asomar su propuesta superadora del esquema dialéctico hegeliano hacia una dialéctica histórica que transforme la verdad lógica del lenguaje formal-institucional en una verdad histórica, en el que el contenido histórico o la historia misma ligue la estructura del pensamiento con la estructura de la realidad concreta.

“La transformación de la dialéctica ontológica en histórica conserva la doble dimensión del pensamiento filosófico como pensamiento crítico negativo. Pero ahora esencia y apariencia, «es» y «debe», se confrontan entre sí en el conflicto de las fuerzas reales y capacidades de la sociedad” (p.159)

Pero el trabajo no es fácil, advierte oportunamente Marcuse, pues la dialéctica ontológica ha tenido un carácter mistificador de los términos trascendentes, las nociones vagas, los universales metafísicos y sus semejantes. Por tal motivo es necesario ese análisis crítico negativo, pues “el universo establecido del razonamiento está atravesado por la marca de las formas específicas de dominación, organización y manipulación a las que están sujetos los miembros de la sociedad” (p.210)

Una de las claves para emprender ese análisis crítico negativo propuesto en El hombre unidimensional es explicar siempre las cosas en su contexto. En palabras de Marcuse, es desarrollar un universo multidimensional en el se ha de estar consciente que todo significado expresado es parte de varios sistemas interrelacionados.

Por ejemplo, cuando alguien nos habla de “democracia”, “paz” o “libertad”, entender o demostrar que lo hace a) desde un proyecto individual (soporte, tipo de discurso, momento específico e interés o propósito particular); b) desde un sistema de ideas, valores y objetivos supraindividuales (ideología, visión política del mundo, religión, etc); y c) desde una sociedad particular.

V. Compromiso histórico de la filosofía (Conclusiones)

Aunque Marcuse se concentra en señalar únicamente el compromiso histórico de la filosofía analítica para desmitificar los términos trascendentes, las nociones vagas y los universales metafísicos usados en el lenguaje de la sociedad industrial avanzada, intentando así exorcizar aquellos gigantescos demonios mítico-religiosos en los que se han convertido las palabras cuando sustituyen las funciones o conceptos de las cosas que designan, dicha responsabilidad podemos extenderla a todas las ramas de la filosofía.

Si la filosofía debe mostrar los fundamentos “que hacen del razonamiento un universo mutilado y engañoso”, como escribe el teórico alemán, entonces es menester del pensamiento filosófico explicar minuciosamente ese universo fragmentado, pero a la vez desmontar el blindaje que recubre dicho universo y dinamitar ese sofisticado sistema de defensa que imposibilita la capacidad de crítica y análisis.

La filosofía debe mantener una postura crítica, negativa, que no sólo busque el “otro lado” de las cosas, sino también confronte esa realidad que se nos presenta como un universo positivo e inamovible.

El actual compromiso de la filosofía es ineludible pues se presenta en una etapa de “alta densidad histórica”, como diría Ellacuría, en el que una amenaza dictatorial global se cierne sobre la humanidad utilizando sus sempiternos mecanismos de control social y la oscilación eterna de la promesa de un bienestar engañoso y el ultimátum de un conflicto bélico a escala planetaria que pone en peligro la raza humana.

Sólo la filosofía puede responder la pregunta inicial de El hombre unidimensional hecha hace más de medio siglo: “¿La amenaza de una catástrofe atómica que puede borrar la raza humana no sirve también para proteger las mismas fuerzas que perpetúan ese peligro?”.

Desenmascarar dichas fuerzas, entender sus mecanismos de control y develar que esa permanente amenaza sólo busca la perpetuidad de los que detentan el poder, sólo es posible cuando se logra describir las cosas tal cual son y no sólo cómo se nos presentan.

La noche es cerrada y nos clausura la realidad como un todo envolvente, oscuro e inerte. Así es la sociedad del capitalismo global neoliberal.

Como decía Hegel, comprender las cosas tal como son es la tarea prinicipal de la filosofía pues allí subyace la razón. Y la razón instrumental que nos ha impuesto el capitalismo global, desde su desarrollo industrial hasta su sofisticación neoliberal-financiera, es inhumana y nos ha confinado a una noche oscura, en el que sólo el Buho de Minerva, una vez emprendido su vuelo, puede ver los que realmente sucede tras esa penunbra.

Marcuse lanzó luces sobre esas tinieblas con el texto que hemos analizado muy someramente. Continuar su tarea apoyándonos en sus planteamientos es nuestro compromiso con la historia por la liberación del ser humano.   

Bibliografía

FAZIO, M. y Francisco Fernández L. (2004). Historia de la filosofía. IV. Filosofía contemporánea. Madrid: Ediciones Palabra, S.A.

HOTTOIS, G. (1997). Historia de la filosofía. Del renacimiento a la posmodernidad. Madrid: Ediciones Cátedra, 1999

GONZÁLEZ, M. (1987). Introducción al pensamiento filosófico. Filosofía y Modernidad. Madrid: Editorial Tecnos. 5ª edición, 2005

MARCUSE, H. (1964). El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. México: Editorial Joaquín Mortiz, S.A. 7ª edición, 1973

MARCUSE, H. (1969). Un ensayo sobre la liberación. México: Editorial Joaquín Mortiz



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