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sábado, 23 de mayo de 2009

Cerveza tibia, Benedetti y Julio David

La música suena, un libro espera, los niños ríen, la cerveza se calienta. Todos son detalles que revelan el paso del tiempo; el tiempo que me toca experimentar en este momento para adentrarme melancólicamente en mis cavilaciones, en mis mentiras, en mis verdades. La cotidianidad se disfraza de "momento mágico" y veo en un tramo de la biblioteca de la sala los lomos de algunos poemarios de Benedetti. Entonces, me percato de que ni siquiera me afectó como me tenía que afectar su muerte. Doy un sorbo a la botella de cerveza tibia y pienso en un solo libro de él: Crítica cómplice. Y pienso que la complicidad es lo único que nos salva de la tediosa vivencia de vivir... Benedetti se fue siendo cómplice de todos nosotros... De todos quienes sabemos que la literatura es importante (esta última frase me la acaba de regalar Julio David, quien está detrás de mí mientras escribo. Uno de mis más fieles cómplices...)...

jueves, 6 de marzo de 2008

Diálogos 6-3-2008


-¿Dónde está la poesía?

-¡Ja! Esa es una tonta pregunta de canción de amor. De ésas pop de los 80.

-Repito: ¿Dónde está la poesía?

-Ah, ¿es un reto?

-Tómalo como quieras.

-Bueno, ¿qué te parece esto? Para mí la poesía está donde menos te lo esperas.

-¿Cómo es eso?

-En el aliento enfermo de una anciana, en la mugre acumulada en la cara de un niño de la calle, en el llanto callado de alguien que rechaza una muerte inminente, en el temblor de una mano inquieta por tomar algo que desconoce, en la oscuridad de la habitación de una niña temerosa, en el rimel regado en la mejilla de una prostituta, en la suciedad de un piso de hospital maloliente, en la sorpresa de quien se sabe descubierto, en el silencio de un instrumento musical que ya su dueño no toca, en las páginas de un libro que nadie leerá jamás, en el resplandor de un botella de licor que yace vacía en el piso, en estas palabras (para algunos estúpidas) que no llegarán a ninguna parte y que, luego de despedirnos, ambos olvidaremos, porque hay que tomar un taxi, pagar el alquiler, comprar un kilo de carne molida, pelear con la conserje, simular un saludo cordial o, peor aún, disfrazar nuestro llanto eterno con una carcajada.

-Maldito.

domingo, 2 de marzo de 2008

¿Desde cuándo no nos tomamos un café?


¿Desde cuándo no nos tomamos un café? Esta pregunta se la hice a un colega profesor y mientras él buscaba en su interior la última vez que apresurados nos tomamos un "con leche" antes de entrar a clases o salir corriendo a otra cosa, le dije: "No, Carlos, nunca nos hemos tomado un café. Una que otra vez hemos tomado juntos ese líquido milenario, pero no nos hemos sentado nunca a hablar, a conversar, con la calma y el sosiego que requiere tomarse un café. Siempre estamos apurados, siempre nos están esperando en algún sitio, estamos llegando tarde, no conseguiremos puesto de estacionamiento o nos cerrarán no sé que sitio y no podremos hacer lo que íbamos a hacer. Mi pana, jamás me he tomado un café contigo".

Esto suena a esquizofrenia urbana pero es verdad. Y más que verdadero, cierto, es patético. Sobre todo porque conozco a Carlos desde hace casi diez años, es un tipo que admiro y con quien estoy seguro que tengo tantas cosas de qué hablar como angustias intelectuales cunden en mi vida.

Y como Carlos, pienso en tantas amistades que por mi mismísima culpa y por la vertiginosidad de la vida cotidiana de esta ciudad, no comparto con ellos un café.

A estas alturas debo confesar que no me gusta el café. Pero el avezado no racional debe haber captado desde la primera línea que no se trata del café. Se trata del ritual del diálogo. Me refiero al zambullirse sin reservas en una conversa sin la incertidumbre permamente que provoca el pensar que en otro sitio algo o alguien requiere de ti, de tus huesos, de tus palabras.

Tomar café con un pana, con una persona agradable, a quien le debes tanto verbo como amistad, me lleva a otras preguntas: ¿Desde cuando no caminas por la ciudad? ¿No te acercas a ver detenidamente el polvo entre las ranuras de la acera, los carteles de las paredes, los avisos inimaginables que cuelgan en los postes? ¿Desde cuando no redescubres una calle que cruzaste cuando niño?

El carro, el vehículo, el automóvil, las "cuatro ruedas", nos han alejado de la ciudad y, lo peor, tal vez la ciudad se ha olvidado de nosotros y ni siquiera nos hemos dado cuenta de tamaña desgracia.

Por esta razón, he tomado desde hace unas semanas una decisión trascendental: no manejo. He dejado el carro para diligencias inevitables y para los fines de semana. He redescubierto el Metro y el placer de esperar el Metrobús. Me percaté también de cuán cerca está la parada de transporte de mi casa y cuántos minutos tardo caminando de un punto a otro. Además de la ganancia evidente en el ejercicio físico, el rédito más celebrado es la lectura. He vuelto a experimentar la sensación de leer en el Metro; algo que había olvidado pero que de alguna forma aún vivía en mí y que esperaba una resurrección, una vuelta. He maldecido las horas que he pasado en colas infernales, las veces que me he amargado por no encontrar puesto de estacionamiento, sin contar los choques, los sustos y otros desesperos. Me ha dado muchísimo gusto sorprenderme dos paradas después de la mía gracias a un pasaje hipnótico de un cuento de Murakami que no podía suspenderse. Y he respirado satisfecho la culminación de una página en medio de una muchedumbre que, como yo, espera o se traslada.

En fin, he vuelto. He resuelto tomar café, caminar por Caracas, tomar el Metro y leer, leer mucho. Ojalá que esta resolución dure tanto como la felicidad que experimento cada día desde hace un par de semanas.

Eso espero.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Una lágrima en el ojo de un cronopio...


En algunas ocasiones, los ojos de cronopio brindan más dolor y angustia que alegría y poesía. Les toca traducir lo indescifrable, decodificar lo inexplicable. Lo peor es que, luego de alcanzada la hermenéutica, no encuentran un lenguaje propicio para retransmitirla o, en la mayoría de los casos, no cuentan con un auditorio de poetas, poetas de verdad, que se entusiasmen en la órbita de sus mundos compartidos y que se animen a escucharlos con sinceridad, porque también se requiere sinceridad (y mucha) para escuchar.

Las famas y las esperanzas, cada uno a su modo, ya no ordenan, ni engañan, ni bailan, ni sueñan, simplemente proyectan odio y desesperación. Unos como estratégicos y conscientes productores; otros como tristes e ignorantes consumidores. Las famas con su consabido método; las esperanzas con su ineludible e ingenua sumisión.

El país de los cronopios, las famas y las esperanzas se llena de discursos que esconden verdades; se inunda de escenarios virtuales (¿mediáticos?). Las famas quieren que las esperanzas piensen como ellos bajo un velo de engaño, pero no como ése que cantó el poeta alguna vez, sino como la seña del miedo y del poder quiere, desea, exige y desespera.

¿Lo más triste de todo? ¡Las esperanzas defienden a los famas! ¡Enarbolan sus banderas! ¡Repiten sus discursos! ¡Se ponen sus trajes invisibles! ¡Comparten sus viscosos nichos! ¡Beben de la misma cicuta!

¿Qué le queda al cronopio? Limpiar la lágrima que vierte tímidamente por culpa de la mentira velada de los famas y la estupidez hermosísima (pero en fin estúpida) de los esperanzas. Hurga en sus libros, ve películas, escribe un verso, busca las cartas de amor de su escritor favorito, escucha a Edith Piaf, piensa en las medias de huequitos, mira videos de Amy, toma una foto fuera de foco, invoca la trompeta de Armstrong y sigue la realidad desde su particular (pero propia y no impuesta) perspectiva.

Ah, y caza sonrisas...

Ésa es su única recompensa...