martes, 21 de febrero de 2023
domingo, 29 de mayo de 2022
Hitos 55
Hoy es domingo 29 de mayo y cumplo 55 años.
A esta edad muchas personas comienzan a hacerse preguntas sobre lo que han hecho y dejado de hacer. Sobre cómo la vida los ha tratado y cómo han tratado cada quien la suya. Pero sobre todo a esta edad hay quienes se preguntan cuánto les queda de vida o si van a tener el tiempo suficiente para acometer aquellas cosas pendientes. La muerte, la innombrable, como dice el poeta, “ronda como un ángel asesino” y la única forma de espantarla es haciendo una revisión somera de lo hecho. No de “lo logrado”, eso es un engaño del ego, porque muchos eventos son sobrevenidos, muchas acciones son reacciones al contexto y las circunstancias, y muchos “logros” no son más que giros que, aunque previstos, se concretan por diversos factores, muchos de ellos incontrolables o azarosos.
Vistos desde el presente, aquellos sucesos del pasado, si los recordamos es por algo. Por eso, en este “textimonial” prefiero llamarlos hitos. Hitos que a los 55 años me ayudan a sobrellevar el peso angustioso de la existencia. Omito, por supuesto, algunos.
En 1967 nací en el Hospital Clínico Universitario, ubicado en el campus de nuestra Alma Mater, la Universidad Central de Venezuela (UCV).
A los siete años, más o menos, de vivir en un pequeño apartamento en Santa Mónica, al sur de Caracas, nos mudamos a unos superbloques, ya querían identificarlas como “residencias”, ubicadas en la “Avenida Libertador, cruce con Maripérez” (cuántas veces anoté esa dirección). Se trata de mi barrio vertical “Los Edificios Rojos”. Cinco torres de 80 apartamentos cada una. Es decir, 400 familias, 400 universos, 400 historias, las cuales aún me acompañan.
Entre los 11 y los 13 ó 14 años fui boyscout. Eso marcó mi vida para siempre, desde el punto de vista ético y de amor a la naturaleza. Conocí el sufrimiento pero también la satisfacción de conocerme a mí mismo a través del trabajo y el sacrificio. Caminar 50 kilómetros con un morral en la prueba de “barras blancas” o subir al Pico Naiguatá a los 12 años son pruebas de fuerza física y mental que no todos los jóvenes viven.
A los 16 años volví al Hospital Clínico Universitario y volví a nacer luego de dos operaciones ocasionadas por una grave peritonitis. Fue intenso.
Entre los 16 y los 19 años hice todo un esfuerzo por ser discjockey. Abandoné el bachillerato y me puse a “mezclar” o “pinchar” discos. Viaje por el país y conocí también mucho de la naturaleza humana. En esa época también fui medio punk y rebelde. De esa experiencia me dejó la melomanía, el amor y el conocimiento de la música popular.
A los 20 años decidí terminar el bachillerato para irme a vivir con mi viejo a EEUU. Quería estudiar televisión o cine.
A los 21 años, ya bachiller, me negaron la visa como migrante y me pidieron cumplir con el proceso de no-migrante por tener una relación de afinidad directa con un familiar en EEUU. Aplicamos mi hermano menor, Jesús Elías y yo.
A los 22 años me puse a trabajar en espera del viaje a EEUU y conocí a Rocío Magdalena, así que desistí de irme a EEUU y me puse a estudiar Relaciones Públicas en el histórico Iuderp de Venezuela. También entré al Banco de Venezuela donde laboré por nueve años. Entré como cajero de la agencia Altamira y salí como jefe de Comunicaciones Institucionales de la sede central. Un largo camino, el cual incluyó una hermosa etapa en Relaciones Públicas del Banco (salí a los 31).
Antes de dejar el Banco, a los 26 años estuve de oyente por un año en la Escuela de Letras de la UCV. Mi renovada pasión por la literatura me acercó a eso, lo cual fue hermoso. Conocí a gente maravillosa e inicié todos los trámites para convertirme oficialmente en estudiante de Letras.
Al año siguiente, a los 27 años, apliqué “por no dejar” y porque ya trabajaba en el área, a la prueba interna para ingresar a la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Quedé y la directora de la Escuela de Letras se molestó conmigo.
A los 28 años me casé con Rocío Magdalena. Nos mudamos a Guarenas y comenzamos una etapa maravillosa de convivencia. Voy a acelerar que esto va lento. En esa etapa también comencé en el Diario El Globo como reportero. Estuve allí por cinco años, llenos de aprendizaje y vivencias marcadoras. Llegué a ser coordinador adjunto de redacción y solo en ese momento fue cuando conocí los entretelones textuales del periodismo.
A los 31 años nació mi primogénito, Julio David. Julio por Cortázar y David por mi jefe scout. Un regalo maravilloso que aún hoy celebro con la misma alegría e intensidad. Su capacidad crítica, su espíritu incansable y su inmensa bondad y pasión, me hacen admirarlo como el gran ser humano que es.
A los 32 años me gradué magna cum laude en la Escuela de Comunicación y quedé como profesor del Departamento de Lengua y Literatura. En otras palabras, entré a una tradición histórica que aún respeto y defiendo.
Entre los 35 años y los 40 (tremenda transición) trabajé como director de comunicaciones del Ministerio de Educación de Venezuela, junto al maestro Aristóbulo Istúriz Almeida. Otra experiencia intensa, fuerte y agotadora, pero rica en aprendizaje. Me acerqué a la tradición más hermosa del magisterio venezolano, conocí en primera fila el legado de Simón Rodríguez, Prieto Figueroa, Belén Sanjuán, Mercedes Fermín, el Maestro Bigott, los maestros normalistas, el sacrificio de los docentes del país y serví a la Patria en un momento histórico fundamental (2002-2007).
En esa etapa, a los 37 años, nació otro regalo que hoy me colma de alegrías y satisfacciones: Sofía Victoria. Hoy en día, comprobada artista plástica digital y excelsa estudiante de Artes en la Universidad Nacional Experimental de las Artes (Unearte).
A los 41 me gradué de Magister Scientarum en Estudios del Discurso.
A los 43 años partí a la República de El Salvador como diplomático, encargado de los asuntos de prensa, cultura y educación de la Embajada de Venezuela. Allí viví por 8 años, llenos también de una intensidad que aún retumba en mi pecho y que no me abandona. Allá cursé estudios de Filosofía en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), donde también soy docente internacional invitado desde 2015 en la Maestría de Gestión Estratégica de la Comunicación.
Regresé de El Salvador a los 51 años. Y volví a la Escuela de Comunicación Social de la UCV y me convertí también en docente en el área audiovisual (Cine) en la Empa-Ávila TV, la Fundación Cinemateca Nacional y la Unearte. Algo sencillamente enriquecedor. Intenso, pero enriquecedor.
Hoy cumplo 55 años y soy feliz. He dicho solo lo bueno y escamoteado lo malo. Pero quise hacer este recuento así. No como un acto de inmodestia o arrogancia, sino como un recordatorio de que el camino recorrido ha tenido cosas buenas. Eventos que nos anima a pensar que los hitos no han acabado y que esperamos del tiempo (como decía Bolívar, El Padre) muchas cosas, porque “su inmenso vientre contiene más esperanzas que sucesos pasados y los acontecimientos futuros han de ser superiores a los pretéritos”. Tal como Bolívar tenía esa convicción, yo la tengo. Que así sea...
lunes, 21 de marzo de 2022
Me declaro escriptofóbico
Ok, voy a comenzar esta entrada en el blog (estrenando hacerlo desde mi perfil de Gmail) con una confesión: me declaro escriptofóbico. En otras palabras, me da miedo escribir. Es una condición antiquísima. Todos los inmensos y oceánicos esfuerzos que he acometido (académicos, literarios, epistolarios, institucionales, técnicos, etcétera) han sido agotadores, escalofriantes, eternos, paralizantes, asfixiantes y aterradores. He estado por horas, tal vez días, procrastinándome hasta la angustia, hasta un estado absoluto de ansiedad. No hay nada que me deprima más que el texto pendiente, que la escritura pospuesta, que la redacción postergada. Me he visto inexorablemente sumido en un mundo oscuro, frío y solitario (aunque esté rodeado de personas) a causa de la no-textualización, la falta de sustantivación, es decir, que un verbo (pensar un texto) se convierta en sustantivo (materialización textual).
Es una absoluta contradicción al ser profesor de redacción. He estado más de dos décadas recomendándole a cientos de jóvenes a vencer sus miedos a escribir. Enseño tercamente estructuras, elementos, técnicas, procesos, pero a veces (la mayoría) soy incapaz de recordar nada de eso. El miedo me paraliza. Soy ese religioso que convence a los demás de tener fe pero que en la noche grita de terror al no encontrar la suya. Por eso me persigue como una amenaza o una condena cualquier decálogo o frase rimbombante que algún escritor o escritora haya difundido sobre el arte de escribir. Poseo manuales, diarios, antologías, tratados, que profesionales de la redacción han producido sobre los misterios de su arte. De hecho, los uso para enseñar, pero, aunque muchos hablan del terror de expresarse por medio de la palabra escrita, me refugio en la técnica, en la instrumentación, en la tecnología. Y rehuyo al misterio insolasyable de iniciar la redacción, con un nudo en la garganta, la boca seca, las manos temblorosas y una sensación de desmayo, de desvanecimiento, de vahído.
Odio hasta el extremo a quienes me recuerdan frases como las del querido Kotepa (“escribe que algo queda”) o aquel eterno epígrafe sobre la escritura automática (“escribe, algo tendrá de valor cuando lo revises”) como si escribir fuera tan fácil. Y no me refiero a la formalidad ortográfica, la exactitud gramatical o el consagrado estilo. Hablo del pensar, del capturar la realidad en su esencia y ser capaz de plasmarlo textualmente. En esta época de autoengaño, fantasía, virtualidad y desinformación (doxa pura, pues), escribir es un acto de valentía, dado el altísimo riesgo que ello implica. Hay ignorantes felices que escriben sin saber cuánto están poniendo en juego; hay tantos docto de papel que ni siquiera se percatan tangencialmente de cuánta estupidez están destilando ¡públicamente! Porque además escribir es desnudarse, mostrarse sin artilugios. Está bien, la retórica es el ropaje, pero ni siquiera eso salva un mal planteamiento, el pensamiento erróneo, la miserabilidad del sujeto escribiente que no sabe qué está haciendo.
Cuando escribimos estamos haciendo algo más que escribir. Pregúntenle a Austin o a Searle. Estamos pensando en voz alta, pero ¿cuántos saben pensar? Estamos expresándonos y ¿cuántos están preparados para exponerse? Estamos comunicándonos y ¿cuántos tienen claro su contexto? Académicos, literatos, periodistas, publicistas, guionistas, epistolarios, en su gran mayoría, esa que no se ve, que no se difunde y, por tanto, que no se lee ni se conoce, está hundida en ese mismo mundo oscuro, frío y solitario en el cual los temerosos a la escritura estamos soterrados. Autoengañados, ingorantes y miedosos convivimos juntos entre el fango y el estiércol de la angustia desoladora del mundo textual no expresado.
No quiero concluir con un llamamiento, un exhorto o algo por el estilo. No cabe, no es el lugar, no es la ocasión. Pero creo que con los años viene el desenfado y la distorsión de las reales dimensiones del ridículo o la impostura. Por eso escribo estas líneas. Reitero mi decisión de declararme escriptofóbico, porque dicen que con el reconocimiento de una patología viene la aceptación y luego la bifurcación entre la resignación o la cura. Yo opto por intentar curarme y, por ello, escribo. Con un miedo aterrador, con resignación, pero escribo.
jueves, 10 de marzo de 2022
La polémica Althusser-Thompson: Una confrontación discursiva (Ensayo)
(Ensayo escrito para la asignatura Saber histórico, dictada por el profesor venezolano Leonardo Bracamonte en el Doctorado de Historia del CNEH)
Para alcanzar el anhelado estatus de ciencia, la historiografía ha tenido que enfrentar no pocos avatares. Uno de los primeros retos de la Historia (con H mayúscula), para ser reconocida como ciencia, fue determinar claramente su objeto de estudio. Como hemos referido en otros ensayos, al reflexionar sobre cuál debería considerarse tal objeto, una de las más citadas definiciones es la de Bloch (1949), quien definió como objeto de la historia al ser humano en el tiempo[1]. Similar referencia hace Collingwood (1946) al señalar, como la “clase de cosa que averigua la historia”, los actos humanos que han sido realizados en el pasado[2]. En ambas definiciones observamos como el propósito de los estudios históricos, y por tanto su objeto, es el ser humano y su devenir (su temporalidad) en el plano material.
Otro de los grandes retos de la Historia, en la búsqueda de su estatus científico, fue determinar la naturaleza o diferenciación de ese objeto en el contexto de la conformación de otras ciencias o disciplinas científicas, específicamente, en el marco de una de las empresas más importante de la modernidad, según Wallerstein (1996): la construcción del conocimiento secular.
Definido que el objeto de la Historia es el ser humano y su temporalidad o devenir en el plano material nos encontramos con un primer problema: históricamente la realidad externa al humano ha sido y aún es considerada objeto exclusivo de las ciencias físicas, mientras que la denominada realidad humana se ubica en el espacio de las ciencias del espíritu o humanas. Aquí ya observamos un ejemplo de lo que denominamos en este trabajo confrontación discursiva, esta vez entre las ciencias naturales o físicas y las ciencias humanas.
Hablamos de confrontación discursiva, pues las polémicas, en el área científica, no se limitan a un debate argumentativo entre dos posturas teóricas o paradigmáticas. Cuando hablamos de confrontación discursiva, nos referimos a que dichas posturas son ideológicas pues en su materialización (libros, artículos, debates, conferencias, conformación de departamentos o centros académicos y de estudio, entrevistas e intervenciones mediáticas) no sólo se enfrentan posturas exclusivamente teóricas, sino también discursos, es decir, expresiones y prácticas sociales de individuos, grupos humanos y sus instituciones, en fin, de entes sociales que actúan en contextos determinados y, en consecuencia, en la mayoría de los casos, con intencionalidades estrictamente extra-textuales.
En este brevísimo ensayo, nos concentraremos en cómo la Historia ha sido uno de los centros de esos debates discursivos, tal vez el más visible. Se trata de la ubicación de la Historia como eje central en la permanente confrontación discursiva entre los dos principales paradigmas teóricos, ideológicos y, por tanto, políticos: el idealismo y el materialismo. Y cerraremos con uno de los casos más emblemáticos de esa diatriba: la polémica entre el filósofo francés Louis Althusser y el historiador británico Edward Thompson. En otras palabras, entre una teoría acusada de excesivamente teórica (valga la redundancia) y ahistórica (sin sujeto) y la historiografía inglesa marcadamente defensora del materialismo histórico de Marx.
sábado, 13 de noviembre de 2021
Mientras hay estudiantes, hay esperanza...
El hoyo
¿Libro digital vs. libro físico?
Creo
que una debilidad argumentativa en torno a la polémica que se ha
planteado, a partir de la última Filven (2021), entre el libro digital y el
libro físico, es que ésta se ha centrado en preferencias particulares y
no en los evidentes cambios paradigmáticos que se han generado con la
revolución digital de los últimos 30 años y que ha modificado
radicalmente las formas de conocer (Martín Barbero dixit).
Asimismo,
creo que la discusión se ha quedado en una defensa del libro como
objeto, del continente, y no hay reflexión sobre lo más importante: los
contenidos y las posibilidades infinitas, transmediáticas, envolventes,
integradoras y de acceso a la información que ofrece (e impone) la
realidad transmediática actual.
El libro como objeto no es más
que un medio. No es el fin. Es la misma discusión sobre defender o no la
televisión abierta, la cual se modificó con la llegada de la televisión
por suscripción (cable) y que ahora está a punto de desaparecer por el
streamming. El libro como objeto no es más que el soporte.
No ha
cambiado el libro como continente de información. Lo que ha cambiado es
el soporte, las vías y formas de acceso al conocimiento.
Y no
es la primera vez que ocurre esto en el devenir de la humanidad. La
misma polémica se planteó en el paso entre la oralidad a la escritura...
Lo mismo que se le acusa al libro digital, se le acusó mucho
antes al libro material cuando se inició su reproducción artesanal y qué
decir de su reproducción en serie...
Decir, “me gusta el libro
físico porque me gusta sentir las páginas, olerlo y atesorarlo” habla
del objeto, del continente, no de los contenidos, del conocimiento y de
la información.
Y de eso poco o nadie ha hablado...
lunes, 19 de octubre de 2020
La historiografía como objeto de la ciencia histórica

Este breve ensayo fue parte de las tareas del Seminario II del Doctorado en Historia del Centro Nacional de Estudios Históricos (CNEH) de Venezuela, impartido por el doctor José Gregorio Maita, entre marzo y julio de 2020
El filósofo español-salvadoreño Ignacio Ellacuría[1] comienza su célebre libro Filosofía de la Realidad Histórica[2] intentando definir cuál es el objeto de la filosofía. De entrada, establece que dicho objeto es “aquello que constituye el tema central de una determinada filosofía o metafísica” (Ellacuría, 2007: 15).
Invocando a los filósofos clásicos, en los cuales incluye desde los presocráticos hasta Heidegger, Ellacuría señala que los pensadores generalmente reflexionan sobre “todas las cosas en cuanto ellas coinciden en algo o son abarcadas y totalizadas por algo”[3].
En las ciencias humanas esto se nos presenta como un reto difícil de resolver, pues definir la naturaleza y límites de dicha totalidad ha sido un problema no sólo de la filosofía sino también de toda disciplina en las ciencias sociales, de lo cual no se escapan los estudios históricos.
Otro escollo a vencer es definir ese “algo” en la cual coinciden todas las cosas o que totaliza una cantidad indeterminada de elementos.
Desde el punto de vista filosófico, para Ellacuría, la reflexión sobre la definición de esa totalidad (o de esa unidad totalizante) ha girado en torno a dos visiones enfrentadas históricamente. Por un lado, encontramos un tipo de unidad conceptual, en la cual la totalidad de todas las cosas es más lógica que real. Ésta se basaría en que todas las cosas reales o materiales no conforman una unidad o totalidad real per se. En contraposición, describe la existencia de visiones filosóficas que sostienen la unidad física como una totalidad conformada por todo lo real. Lo que vemos aquí, entre unidad conceptual y unidad física de todo lo real, es la tensión permanente que se ha dado en la historia de la filosofía entre un tipo de idealismo, cuyo máximo y más cercano representante sería Hegel, y un materialismo, representado, por supuesto, por Marx.
Sin embargo, Ellacuría reconoce en Marx una inequívoca propuesta de solución a esta tensa dicotomía, la cual permite un encuentro o fusión entre la unidad conceptual y la unidad física. Se trata del rescate que hace Marx del núcleo del método dialéctico de Hegel y que expresa claramente en el prólogo de El Capital.
Lo que trata de esclarecer Ellacuría es la existencia de una unidad de contrarios que sólo es posible reconocer como un devenir, es decir, como un proceso permanente, digamos dialéctico.
“Sólo como devenir, que, por su propia naturaleza es una unidad de contrarios, puede captarse y conceptuarse la realidad; sólo como momentos de un todo procesual puede entenderse la totalidad de la realidad. Cuando se toman las cosas en una extensa perspectiva y buscando el fondo de la realidad, aparecen como momentos evanescentes de un proceso” (Ellacuría, 2007: 20)
Sin rechazar la existencia de una unidad meramente conceptual y una unidad puramente física, la realidad, en cuanto a totalidad de todo lo real, ha de considerarse procesual, es decir, dinámica. Y en ese proceso, los elementos o las cosas que conforman dicha realidad son, en palabras de Ellacuría, “momentos evanescentes” de dicha dinámica procesual.
Esa totalidad, en la cual la realidad “da más de sí”, y donde convergen todos los tipos de realidad posibles (humana, material, conversacional, mediática, entre otras), es lo que denomina Ellacuría como realidad histórica.
A su juicio, se trata no sólo de los hechos acaecidos en el devenir histórico de la humanidad, sino de todo lo que conforma la totalidad de lo real.
Implicaciones en los estudios históricos
Llevemos esta reflexión a la historia como ciencia. En primer lugar, retomemos la pregunta inicial y trasladémosla al ámbito de los estudios históricos. ¿Cuál es el objeto de la historia? En este punto comenzamos una aproximación a la reflexión que planteamos en este breve ensayo. Es decir, cuáles aspectos de ese objeto de la historia como ciencia podrían considerarse parte de eso que denominamos más arriba como unidad conceptual de la realidad y cuáles pertenecen a la unidad material. Para así, posteriormente, intentar establecer una dialéctica entre ambas dimensiones de la realidad y determinar cómo se da esa totalidad de todo lo real, que bien podría considerarse el objeto de la historia. Eso sí, considerando siempre su aspecto procesual, es decir, dinámico, y en el cual los elementos que lo conforman han de tomarse en cuenta como momentos evanescentes de dicha dinámica.
El tiempo como parte constitutiva de la realidad histórica
Este ensayo constituyó la entrega final del Seminario “Construcción del tiempo histórico nacional”, impartido por el historiador venezolano y Premio Nacional de Historia, Omar Hurtado, en el Centro Nacional de Estudios Históricos (CNEH) de Venezuela, entre los meses de marzo y julio de 2020
Tal vez uno de los esfuerzos más importantes para darle estatuto de ciencia a la historia fue la definición de su objeto de estudio. Por tal motivo, los textos clásicos de teoría de la historia guardan siempre un apartado o reflexión sobre cuál debería considerarse tal objeto. Una de las más citadas definiciones es la de Bloch (1949), quien estableció como objeto de la historia al ser humano en el tiempo[1]. Similar referencia hace Collingwood (1946) al señalar, como la “clase de cosa que averigua la historia”, los actos humanos que han sido realizados en el pasado[2]. Ambas definiciones contemplan tres elementos esenciales para nuestro planteamiento. En primer lugar, los seres humanos; en segundo término, los actos que éstos acometen; y, por último, el tiempo.
Estos tres elementos o aspectos (ser o ente, acto y tiempo) forman parte, como constituyentes o notas constitutivas de eso que conocemos desde la filosofía, como realidad.
Y es que muchos textos de teoría de la historia mencionan o refieren el concepto de realidad de maneras tan variadas como disímiles: como objeto mismo de la historia adjetivándola con el término histórica, como el sitio en el que puede hallarse el objeto de estudio, como las coordenadas y las delimitaciones espacio-temporales en la que se dan los acontecimientos históricos, como el horizonte de entendimiento del investigador histórico o como el lugar de enunciación de su discurso.
Esto no es un error terminológico ni mucho menos una falta de precisión metodológica. Se trata del reflejo exacto de la complejidad, la diversidad y el carácter dinámico de la realidad misma. Sin embargo, esta complejidad (por el bien de la historia como disciplina científica), obliga al reto de intentar un tipo de definición que permita su aprehensión y entendimiento, pero sobre todo, su aplicabilidad en las propuestas metodológicas de investigación histórica.
Las ciencias del espíritu, la hermenéutica y la historia (Comentarios al Prólogo de la Introducción de las Ciencias del Espíritu de Wilhelm Dilthey)
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Este ensayo se preparó en julio de 2020 para la materia de Filosofía de la Historia en el Doctorado de Historia del Centro Nacional de Estudios Históricos (CNEH), dictada por el filósofo venezolano Nelson Guzmán
Si nos proponemos la tarea de identificar puentes o lugares de encuentro entre la filosofía y los estudios históricos, en el período comprendido entre finales del siglo XIX y principios del XX, apreciaremos claramente dos nombres: Wilhelm Dilthey (1833-1911) y Hans-Georg Gadamer (1900-2002), quienes además son las caras más visibles de lo que se conoce como hermenéutica filosófica. Este dato inicial podría llevarnos a pensar que, precisamente, la hermenéutica[1], cuyos pilares iniciales fundaron estos dos pensadores alemanes, constituye el vínculo más notorio entre la filosofía y la historia, por supuesto, desde una perspectiva occidental y, particularmente, europea.
Aunque ya Nietzsche había sentado las bases de este encuentro, Dilthey dio un paso importante al intentar darle el estatuto definitivo de ciencia a los estudios humanísticos. La vía era edificar una sólida base filosófica a las ciencias humanas que, en consecuencia, fundamentara su método científico. Ya con un fundamentación metodológica establecida, al igual que las ciencias naturales, ello permitiría el tan anhelado reconocimiento de las humanidades como ciencia.
Conciencia histórica, hermenéutica y discurso
Este breve ensayo se presenta en febrero de 2020, como una primera aproximación de los posibles aportes teóricos y metodológicos que, desde otras disciplinas, pueden brindar nuevas miradas en los estudios históricos en Venezuela. Por tanto, surge de una necesidad de iniciar un diálogo entre lo propuesto por el Centro Nacional de Estudios Históricos (CNEH), en su Programa Nacional de Formación Avanzada en Historia (PNFA), específicamente en su línea de investigación Teoría y Métodos de la Historia, y metodologías transversales de las ciencias humanas como la hermenéutica filosófica y el análisis crítico del discurso. Ello, en torno a uno de los propósitos esenciales del CNEH: la conformación de una conciencia histórica nacional.
“La aparición de una toma de conciencia histórica
es verdaderamente la revolución más importante
de las que hemos experimentado
tras la llegada de la época moderna”
(Gadamer, 1993)
El documento constitutivo del Programa Nacional de Formación Avanzada en Historia (PNFA) del Centro Nacional de Estudios Históricos (CNEH) presenta como el “nodo problemático principal” de los diversos problemas existentes en la formación venezolana en historia y, por tanto, lo que justifica la creación del CNEH, la ausencia de una conciencia histórica nacional.
De allí, se desprenden tres subnodos que, según el documento, sintetizan la compleja situación derivada por dicha falta de conciencia: 1) la ausencia de autorreconocimiento en la construcción de la diversidad histórico-cultural venezolana; 2) la necesidad de visibilizar las identidades y memorias colectivas; y 3) la hegemonía de un paradigma histórico-historiográfico.
Partiendo del tercer numeral, es imperativo enfrentar dicho paradigma hegemónico, el cual ha impuesto teorías y métodos inamovibles de acercamiento al hecho histórico desde una mirada moderna, es decir, como la conocemos hoy, “tradicional”. En otras palabras, con una pretendida asepsia cientificista, una artificial objetividad lógica-positivista y una ingenua distancia metodológica con el objeto de estudio que afecta su comprensión.
Como reza el documento citado, desde el CNEH debe procurarse una nueva perspectiva de análisis que reivindique la comprensión del contexto y realidad social de quienes realizan investigaciones de carácter histórico. Además, dichos estudios deben enmarcarse en un nuevo paradigma, en el caso del CNEH de tipo decolonial e historia insurgente.
Se trata del desmontaje de múltiples y obligadas formas de analizar acontecimientos históricos y presentar los resultados de ese abordaje, esta vez “desde abajo, desde la participación integral de todos sus protagonistas, las localidades, los grupos sociales omitidos y/o subordinados por historiografía”.
La homogenización sujeto-objeto en Hegel. Un aporte clave para la hermenéutica histórica
Este brevísimo ensayo intenta mostrar los aportes de la Fenomenología del Espíritu de Hegel a los estudios historiográficos contemporáneos, centrándose en la fusión sujeto-objeto y las nociones de lenguaje y temporalidad, aspectos que fundamentan la hermenéutica filosófica
«La primera condición de la posibilidad de ciencia de la historia
consiste en que yo mismo soy un ser histórico,
en que el que investiga la historia
es el mismo que el que la hace»
(Dilthey citado por Gadamer en Verdad y Método I)
¡Escupamos sobre Hegel![1] Esa es la consigna de desprecio que aún hoy mueve a muchos de los críticos del pensador alemán. Sin embargo, nadie niega su impronta indeleble en el pensamiento occidental de los últimos tres siglos. De hecho, los ecos de sus planteamientos aún persisten claramente entre quienes lo siguen y quienes lo adversan.
Darin McNabb, profesor del Instituto de Filosofía de la Universidad Veracruzana en Xalapa (Veracruz, México), célebre por sus videos en la red YouTube, advierte en la presentación de su charla sobre la Fenomenología del Espíritu (FdelE) la amplísima influencia del maestro nacido en Stuttgart en 1770, la cual la cantidad tanto de seguidores como de críticos a su obra.
“A veces me preguntan: “Maestro, para conocer bien el pensamiento de X filósofo, ¿qué otro filósofo o filósofos debería conocer?”. Pues, si el filósofo que te interesa escribió su obra en los últimos 180 años, entonces la respuesta es clara y definitiva: hay que conocer a Hegel. El marxismo, la fenomenología, el existencialismo, el pragmatismo, la teoría crítica y el pensamiento posmoderno, todas estas corrientes, encuentran sus raíces en el pensamiento de Hegel, o bien como un desarrollo de sus ideas o, lo que es más común, como una reacción contras las mismas”[2].
Más allá de las reacciones favorables o destructivas, desde el mismo momento de su muerte en 1831, Hegel marcó con su pensamiento muchas corrientes filosóficas debido al diseño de un sistema filosófico complejo y integral del mundo en su totalidad, al cual sólo es posible conocer cuando la conciencia logra progresivamente ejecutar un viaje desde la experiencia sensible (saber común) hasta la razón científica (saber filosófico).
En ese periplo, gradual y tortuoso, la conciencia se traslada desde la simpleza de la percepción sensible, sin más procesamiento racional que la sensación, hasta el denominado saber absoluto, el saber filosófico, eso sí, pasando por diversas etapas, como autoconciencia, razón, espíritu y religión.
Pero cuando hablamos de un sistema filosófico amplio y complejo, como lo es el hegeliano, la mejor metáfora sería imaginarnos un edificio enorme, de varias plantas, con una fachada majestuosa adornada con enrevesados y barrocos detalles (debido al complejísimo lenguaje del maestro alemán), pero que a la vez oculta bajo sus paredes y mobiliario una red o un extenso cableado de comunicaciones que es el que le da coherencia y relación sistémica a todo el conjunto. Eso, diríamos, sería lo metafísico, lo sustancial, “lo que está por debajo”.
La Fenomenología del Espíritu es la recepción del edificio, el sitio al que debemos llegar en primer lugar para ubicarnos y adentrarnos con propiedad en los vericuetos del inmueble, porque dicho texto es la primera parada antes de sus siguientes textos que estructuran el edificio de su sistema por cada área; en otras palabras, su lógica (Ciencia de la Lógica), su filosofía de la historia (Lecciones sobre la filosofía de la historia universal), su estética (Lecciones sobre la estética) y su filosofía de la religión (Lecciones sobre la filosofía de la religión).
viernes, 26 de julio de 2019
Evolución conceptual del término “Progreso” en la Guerra entre El Salvador y Guatemala de 1863
I. Introducción
Estudiar la historia iberoamericana del siglo XIX, específicamente analizar las representaciones que se construyeron en la prensa escrita de la época, es sumamente importante en los tiempos que corren para observar la evolución en el uso que hicieron los actores sociales y políticos de los aquellos conceptos que fueron utilizados para consolidar en el ideario colectivo la concepción de Nación moderna y así entender nuestro presente.
Las nociones liberales de Estado, Nación, República, Orden y Progreso, como conceptos políticos, tuvieron un uso en el discurso público pero no estático, al contrario, estos fueron evolucionando según los actores, el contexto, los propósitos de los enunciatarios y las expectativas de los receptores.
Que estos conceptos fueran ampliamente difundidos en la prensa escrita, dado que ésta se constituyó en el espacio público por excelencia para la formación de la opinión pública y el sitio ideal para el debate colectivo, permite vislumbrar rasgos de importancia sobre la utilización de estos conceptos para la consolidación de una idea de país, de Nación, de orden colectivo.
En El Salvador, como en otras naciones latinoamericanas, la prensa escrita, igual que el país en general, fue un laboratorio de experimentación de prácticas políticas que permitieron “colocar” en el colectivo conceptos del país político que se pretendía construir luego de las independencias de la Corona española.
Este brevísimo trabajo, constituye un acercamiento, una aproximación, a cómo fue utilizado en el Diario Oficial de El Salvador el concepto de “Progreso”, durante el período posterior inmediato a la guerra contra Guatemala de 1863.






